El gran Ignacio Camacho lo ha repetido en numerosas ocasiones, que lo mejor que nos puede pasar con un gobierno de trileros es que se estén quietos y no hagan nada, porque cuando les da por decir algo (peor aún si les da por hacer) el estropicio se multiplica de forma exponencial y entonces echamos de menos el tiempo que se estuvieron quietos, instalados en el ‘dolce far niente’ de sus poltronas y sus Ministerios. Salen caros, es cierto, pero mejor avalarles ese precio que no, además, añadir más gasto en algunas de sus nuevas ocurrencias.
El ministro astronauta, por ejemplo, del que no supimos casi nada mientras anduvo en el Ministerio, no movió un varal, cosa que a estas alturas fue muy de agradecer. Otros olvidados diletantes, aburridos en sus cargos como almejas en un acuario, como Castells o Alberto Garzón, son preferibles ensimismados en las telarañas de su inanidad que aplicados en algún asunto, porque, si se activan, suelen parir un ratón o un despelote de consecuencias casi siempre inabordables.
Imagínense, sin ir más lejos, que al tal Garzón le diera por imprimir billetes a todo pasto, por consejo de su hermano, como solución a los problemas de nuestra economía. O que se le ocurriera poner en marcha la otra brillante idea filial de contratar a dos o tres millones de funcionarios más como manera de acabar con el desempleo. Castells, sin ir más lejos, lo ha bordado con su pretensión de que la Universidad se convierta en un pozo de analfabetos donde el mérito y la excelencia carezcan de valor alguno y con acceso preferencial para las mujeres, por serlo.
Si necesitan mayor prueba de que lo deseable es la quietud total, ahí tienen, sensu contrario, a las ministras Yolichari Díaz e Irene Montero, quienes, aplicadas a una floreciente hiperactividad, promueven cada vez algo más surrealista e inasumible que conmueve siempre por la candidez o por la excentricidad de sus divinas y aleatorias ocurrencias y consumen su tiempo en envolver en un celofán insoportable cada una de sus fantasías. Y además con un coste descomunal y al servicio de sucintas reflexiones ideológicas que son así como cuquis y preadolescentes, convirtiendo los problemas de Estado en una gymkana del Trivial con quesitos de colores hasta completar el rosco inabarcable de la estulticia. Un primor las dos, que con su batería de disparates han logrado indignar incluso al feminismo. No se puede pedir más.
Pero cuando ya creíamos haberlo visto casi todo y creíamos haber saciado nuestra capacidad de asombro gracias a las ocurrencias de Iván Redondo, llega Super Félix Bolaños, master del Universo, nombrado ministro de la Presidencia, Relaciones con las Cortes y Memoria Histórica, capataz de la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos, el cual, henchido de gloria, proclamó esta semana que » En un Estado de Derecho, en una democracia con nuestra Constitución, los jueces no pueden elegir a los jueces, ni los políticos pueden elegir a los políticos. A todos nos eligen los ciudadanos, porque son poderes del Estado -dijo. No podemos hacer distintos compartimentos estancos entre los poderes. Todos han de tener base democrática», lo cual, en su caso, jamás se ha producido, porque siempre ha sido designado a dedo para la enorme ristra de cargos que ha desempeñado a lo largo de toda su carrera y no se le conoce que se presentase jamás ni a concejal de Villanueva de la Niebla. Veamos…
Antes de ser ministro fue nombrado a dedo secretario general de la Presidencia de este Gobierno y había ocupado los cargos de secretario de la Comisión de Ética y Garantías dentro del PSOE, luego designado miembro de la Ejecutiva Federal por sus compis de partido, además de secretario de la Fundación Pablo Iglesias, miembro del consejo de redacción de la revista Temas y de la Fundación Sistema y vocal del Consejo de administración de Patrimonio Nacional. Los ‘electores’ para cada una de estas ocasiones fueron siempre… los suyos. O, si lo prefieren, se trata de un curriculum enteramente ‘digital’ y discrecional, iluminado siempre por el rayo salvífico de Sánchez que desciende sobre él como una luz del Espíritu Santo.
Con ese más que endeble inexistente bagaje electivo se despeñó el otro día en contra de los criterios de la UE y del propio Tribunal Constitucional, que en su día estableció que la modificación de la ley que regulaba el acceso al CGPJ sólo sería válida si aquello no convertía el modelo en un reparto de cuotas de los grupos parlamentarios, que es exactamente lo que exige el PSOE de Sánchez, a sabiendas de que buena parte de sus tropelías precisarán siempre de forma inexcusable de un gatillo último que no le tumbe constantemente y desde la independencia de los jueces sus decisiones, como viene ocurriendo con la eficaz tarea que están llevando a cabo tanto Macarena Olona como, sólo en ocasiones, el equipo jurídico de Pablo Casado.
Por lo demás, Tania Sánchez y el resto del nido de amistades peligrosas de Pablo Iglesias han llegado, como era previsible, a la misma conclusión que La Pasionaria de que «Es mejor matar a cien inocentes a que se escape un sólo fascista vivo», lo que nos retrocede a la casilla de salida y nos devuelve a etapas premedievales en los conceptos y en la aplicación del Derecho.
Todos (no todas) necesitamos ya un habeas corpus.
He dicho.





