Decía Chesterton con una clarividencia sobrecogedora que llegaría un día en que sería preciso “desenvainar una espada para afirmar que la hierba es verde«.
A primera vista, parecería que la frase es sencillamente fruto de un desmesurado gusto por la hipérbole que solo pretende impresionar al lector. Sin embargo, ese día lo tenemos ya aquí, incluso en un sentido muy literal. En efecto, vemos cómo, en los últimos años, se ha creado en torno a las sociedades occidentales un monstruoso aparato de fabulación ideológica que pretende hacernos creer que lo negro es blanco y que lo blanco es negro. Peor aún, se tilda de locos y de extremistas a los que señalan las evidencias más ramplonas, mientras que se halaga hasta la náusea a los promotores de los embustes y sofismas más aberrantes.
Los políticos, los periodistas, los divulgadores, los creadores de opinión, los artistas, incluso los educadores parecen haberse conchabado en esta tarea de subvertir el orden natural y hacer parecer como algo sano y verdadero lo que es enfermizo y falso como una moneda de plástico. Después de habernos dado la tabarra desde hace siglos con la cansina matraca de lo importante que es la tolerancia, lo bonito que resulta la diversidad, lo enriquecedor que es el pluralismo, lo creativa que es la transgresión, lo guay que resulta la irreverencia… ahora se sienten lo suficientemente fuertes como para imponer por las bravas un pensamiento único, una mordaza en el discurso y una inquisición laica que pretende cancelar la civilización y que, a este ritmo, no va a dejar piedra sobre piedra. Todo lo han censurado a base de nuevos dogmas: los libros, los cuentos, las películas, la ciencia, el pasado, los relatos fundadores… hasta los chistes.
Hagamos un somero repaso de algunas de estas nuevas “evidencias” que nos están metiendo con calzador en los últimos tiempos centrándonos en asuntos políticos. A no ser que sea yo el que está loco, creo que lo lógico es que los delincuentes vayan a la cárcel, y que los pederastas, los violadores, los okupas y los corruptos no tengan ningún trato de favor, por muy progresistas que digan ser. Los terroristas y los golpistas no deberían poder presentarse a las elecciones. Los políticos que cambian de opinión tendrían que explicar muy bien las razones que les han llevado a dicha metanoia, porque, si no lo hacen, parecería que han mentido. Y los mentirosos públicos deberían ser objeto de la reprobación generalizada. Lo mismo ocurre con los que falsifican sus tesis doctorales.
La verdad es que los que han usado la violencia en la política española han sido abrumadoramente las izquierdas y los nacionalistas, desde hace ya más de un siglo. Hace solo unas pocas semanas, sin ir más lejos, intentaron asesinar a Alejo Vidal-Quadras, aunque hoy se habla mucho más de cierta piñata. Por tanto, es un poco cretino combatir la violencia política prohibiendo cosas como las Fallas de Valencia o los dibujos de Mortadelo y Filemón.
Las personas con discapacidad que son de sexo masculino deberían tener el mismo derecho a la protección pública que las que son de sexo femenino. Y los huérfanos por el crimen cometido por una mujer deberían tener los mismos derechos que los damnificados por un varón. Por eso se habla de “igualdad”. Lo contrario se llama “desigualdad”, “discriminación” y “privilegio” en favor de unos elegidos (o elegidas). Y, por cierto, conforme nos enseña la Biología, el ser humano, como la mayoría de los mamíferos superiores, resulta ser una especie sexuada de forma binaria, según los cromosomas XX o XY. Los niños tienen pilila y las niñas tienen vulva, y esos sencillos aparatos anatómicos resultan muy convenientes (e increíblemente amenos) para la reproducción de la especie. Lamento que haya quien se escandalice de tan empírica observación. Y no, no es delito de odio negar la existencia de tropecientos géneros.
En la escuela, los alumnos deberían ir a estudiar y a iniciarse en las ciencias, en las tecnologías, en las humanidades y en otros saberes académicos, aprendiendo a la vez hábitos elementales de convivencia, de disciplina y de honradez. Al colegio no se va a que te motiven, ni a que te entretengan, ni mucho menos se va a aprender a masturbarte o a empoderarte o a que te animen a salir del armario. Son niños, no clientela manipulable.
Si uno necesita una operación médica y te dan cita para 2025, ese sistema sanitario es una caca, por muy público que sea. Y si te convocan hoy a juicio para dicho año (o los siguientes) el sistema judicial es una bazofia, aunque haya buenos profesionales. Si pagamos impuestos es para mejorar estas cosas y no para que Almodóvar haga películas psicoterapéuticas con nuestro dinero acerca de sus neuras y sus traumas de chiquitito.
Las fronteras deben estar, como norma general, cerradas y solo deben entrar en el país los que lo hagan legalmente, utilizando la puerta que son los pasos fronterizos. A ningún español se le ocurre entrar en Libia, ni en Canadá, ni en Corea saltándose la valla a la torera; ni colándose por las playas. África entera no cabe en España. Aquí ya hay muchas necesidades sociales, y nuestro país no está en condiciones de repartir ayuda a todo el que venga, porque no nos llega para atender a nuestros pobres autóctonos. Es más, los poderes públicos deben replantearse hacer tanta caridad como hacen con los recursos de todos, porque si das dinero a los que no trabajan aunque puedan hacerlo, estás desincentivando la búsqueda activa de empleo y encareciendo el trabajo. Creo que en Venezuela y en Argentina saben algo de eso.
El Estado del bienestar está hoy en riesgo grave, porque hace más de cuarenta años que no nacen los niños suficientes para sustituir a los que se van jubilando. Y la cosa va a peor. Si el Estado fuera una empresa privada, ya hacía tiempo que estaría quebrada o denunciada por “estafa piramidal”.
El clima lleva cambiando desde antes del Pleistoceno, y por mucho que Europa se automutile suspendiendo toda actividad económica, ni China ni los demás Tigres asiáticos van a dejar de tener vacas flatulentas y coches de diésel. Y a la madre naturaleza le da igual que se contamine aquí o en Pekín, máxime, cuando un solo volcán en Islandia suelta más CO2 en un día que toda la humanidad en un siglo. La naturaleza no conoce de fronteras, las personas sí. Además, España es un país árido desde la época de los romanos. Por eso, estos hicieron obras hidráulicas que aseguraran el suministro de agua para las necesidades humanas. A diferencia del petróleo, el agua no se agota. La que no se usa acaba en el mar, donde comienza de nuevo el ciclo hídrico. Recuerden: “el ciclo sin fin”.
El endeudamiento público no puede seguir creciendo eternamente y no es justo que nuestros hijos y nietos tengan que pagar por el insostenible tren de vida que se ha arrogado el sector público “porque nosotros lo valemos”. No es lógico que España tenga el doble de políticos que Alemania con la mitad de la población.
Las personas están antes que los animales. Poner leyes de “bienestar animal” supone encarecer la cesta básica de la compra en perjuicio de los más humildes. Al Gran Wyoming le da igual pagar el triple por un producto ecológico; a un pobre le interesa que la leche y los huevos estén baratitos.
La política de viviendas sociales que se ha seguido en España en los últimos cuarenta años (PSOE y PP) es lamentable e infinitamente peor que la que había en los años sesenta y setenta. Y quitar las plaquitas de las fachadas no soluciona el problema.
Cuando uno promulga leyes que establecen versiones únicas acerca del pasado, lo da a entender que esa versión es falsa, porque de otra forma no se tomarían tantas molestias para hacerla obligatoria. Esa imposición autoritaria ataca la libertad de pensamiento, la libertad de expresión, la libertad de investigación y de cátedra.
Y, por encima de todo, un bebé no nacido en el seno de su madre no es una mera excrecencia o tumor de la misma, sino un ser humano nuevo dotado de un código genético personal e intransferible, que tiene derecho a la vida. Matar está muy mal, pero resulta todavía peor si se mata a un inocente que no se puede defender. Se llama premeditación y alevosía. Y que lo hagan los de tu propia sangre…






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Que fortuna la nuestra tener una mente tan brillante que además sabe escribir y enseñar. Con ganas del próximo libro acerca del ídolo del califa Bonilla.