
“Toda Córdoba” “Toda Sevilla”… Estos eran los títulos de una colección del siglo pasado, con sus hermanos gemelos: “El Libro de Oro de Cracovia” o “Roma: Arte e Historia”. Tenían un formato agradable, de pasta blanda aunque bastante consistente, de tamaño mayor que un libro de bolsillo aunque tampoco mucho, y en su interior, pues la historia y descripción de las ciudades más turísticas, con sus múltiples fotografías “a todo color”. En fin, un objeto hoy completamente desfasado, para algunos entrañable, para otros acaso un poco “kitsch”.
La edición era vistosa, chillona; un puro producto que, lejos de disimular, pregonaba su carácter turístico; el mismo formato se vendía en varios idiomas. Habitualmente, un libro así se hojeaba sólo por encima, se veían las ilustraciones presentadas de manera ingenua y entusiasta: “la incomparable belleza del mirador tal y cual” “una estampa popular que refleja la alegría de tal fiesta”. Curiosamente, el texto completo, resumiendo la historia y características de la ciudad en cuestión, solía tener una calidad mucho mayor de la esperada. Sí; realmente creo que esos olvidados libros (que hoy casi regalan, usados, en los mercadillos) bien merecen una elegía. Pero mi intención ahora es otra.
En el milenio anterior, una adolescente que tuvo la inmensa fortuna de viajar a Italia y de hollar Venecia durante unas horas, al regreso se encontró con tan descomunal deseo de imágenes tangibles que materializaran ese recuerdo de ensoñación (poquísimas fotografías se hacían entonces, y menos de noche), que salió a buscar por las librerías y al hallar, como respuesta a un deseo del alma, un libro llamado “Toda Venecia”, profusamente ilustrado, dio gracias a Dios y lo compró, y de manera un tanto sigilosa (pues aun en su inocencia percibía como una sonrisa burlona por parte del dependiente, ante ese entusiasmo por un producto tan chillón).
A veces necesitamos un recuerdo así para captar la profunda, gigantesca diferencia entre lo que es nuestra vida actual y la que era (los que aún hemos podido vivirla) antes de disfrutar de la disponibilidad instantánea de imágenes de cualquier cosa y lugar.
El anhelo de contemplar un monumento o de verse en una ciudad soñada alcanzaba, en mentes curiosas, una intensidad extraordinaria. Una pálida fotografía de un libro de texto, el recuerdo de una diapositiva, proporcionaban un estímulo a la imaginación y al deseo que ahora apenas podemos comprender. No había imágenes disponibles: recordémoslo bien. Se pagaba por ir al cine a ver una película que, aunque fuera mala, proporcionara imágenes de los lugares anhelados. Recuerdo acudir con unos compañeros de Historia a ver “Una habitación con vistas”, con cierto disgusto, pues nos constaba era relamida, ñoña, el colmo del estereotipo fácil, pero era el único modo, entonces, de contemplar durante un rato imágenes de los monumentos florentinos que habíamos estudiado, y que todos deseábamos un día conocer.
El momento de la contemplación de un monumento (o de un espectáculo o de cualquier cosa muy deseada) estaba dotado de una intensidad única. Sí, fotos también se hacían (no se emprendía un viaje sin cámara de fotos, ni se celebraba sin ella ninguna ceremonia importante); pero como éstas eran un asunto arriesgado (podía haber carretes defectuosos, podían velarse tras un manejo inexperto, podían suceder mil cosas; en cualquier caso, las fotos se verían después, pasada ya la aventura), no interferían mucho en el deleite de la contemplación en sí, ni en el disfrute real del evento. No le quitaban entidad al hecho real.
Y si hablamos de películas o de series televisivas, había que verlas en el momento; si uno “se la perdía”, perdida estaba. Pero al verlas, cuando interesaban, permanecían en la memoria con una viveza que hoy no se podría repetir (seremos conscientes del hecho o no, pero cuando cualquier vídeo que nos agrade lo podemos ver de nuevo cientos de veces desde donde estemos, jamás nos podrá impresionar igual; es una emoción que hoy día nos está vedada).
¿Qué se persigue hoy día al “viajar”? No será el satisfacer anhelos de contemplación de algo que inspira enorme interés; antes de emprender el viaje, ya se han “visto” miles de imágenes del destino en cuestión con todo detalle. Se habla de “experiencia”, la palabra mágica, tener una “experiencia”. Y la “experiencia”, desgraciadamente, se desliza hacia lo más prosaico y gastronómico y corporal…
Cuando no existía la disponibilidad instantánea de imágenes de todos los lugares y hechos, se daba el elemento de la curiosidad, curiosidad intelectual si queremos llamarla así. Y necesariamente pasaba un lapso de tiempo hasta que esa curiosidad fuera satisfecha; y durante ese lapso, la mente expectante hervía en un estado de agitada imaginación. Y una vez satisfecha, pues se acariciaba el recuerdo de una vivencia concretísima.
Hablo de imágenes, aunque esto es aplicable a la música y a casi todo. La mente estaba llena de expectación, de recuerdos, de cosas pendientes.
No es esto un lamento ni una “crítica a Internet”, algo que no tiene vuelta atrás. Simplemente, del mismo modo que hace un siglo una ciudadana de la república de Austria podría evocar, por el gusto de hacerlo, el esplendor de la corte del Emperador Francisco José, cuyos últimos destellos hubiera podido atisbar, sin decir que aquello fuera mejor ni peor… pues también en 2022 será lícito rendir un homenaje a ese otro fin de siècle, el del XX, cuando la imaginación y el deseo ocupaban en la vida tan alto lugar. Entonces, “experiencias” que hoy los jóvenes tienen de manera rutinaria, como el Inter-Rail o las becas Erasmus, significaban casi un jugarse la vida a la carta de una aventura total.





