Hace no tantos años, el período de Cuaresma que acabamos de iniciar, era un tiempo recomendado por la Iglesia para reflexionar sobre la vida y la muerte; algo que nunca viene mal. Al tratar sobre la muerte, los curas nos recordaban cada uno de los tres destinos del alma según la doctrina católica: Infierno, Cielo y Purgatorio. Y aun aceptando lo imposible que resulta imaginarse estos tres «lugares» o estados, nos explicaban que el Purgatorio era el destino de ineludible tránsito para la purificación, adonde irían las almas de quienes sin ser malísimos, tampoco habían sido santos de peana, y por eso no podían ir directos al Cielo. Es decir, para casi todos.
Esta ha sido la enseñanza de la Iglesia durante veinte siglos, y por eso -especialmente en los funerales- los sacerdotes no sólo rezaban e invitaban a rezar por los difuntos, sino que también nos alentaban a aplicar por esas almas que se encontraban en el Purgatorio, nuestros sacrificios y buenas obras, para facilitar así su paso al Cielo. Pero actualmente todo esta enseñanza se ha ido eludiendo y marginando (al igual que lo de reflexionar sobre la muerte), y acordarse hoy de las almas de los muertos, ha quedado reducido a las escuetas oraciones del funeral (si es que lo hay) y poco más. Lo que se traduce en que nos hemos olvidado de pedir por las almas de los difuntos: cualquier referencia del cura que actualmente se exceda de un simple panegírico del fallecido y que no signifique ensalzar sus innumerables bondades en vida, puede resultar incómoda a los familiares y amigos. ¡Cuánto más, si se duda de que el muerto haya ido al Cielo de cabeza y nos dicen que es necesario rezar por su alma!
Porque la idea incuestionable que hoy impera entre la inmensa mayoría de quienes se confiesan creyentes (siquiera al modo de las encuestas del CIS), es una especie de buenismo post mortem con trompetazo final de aprobado general cum laude, que suena tras cada fallecimiento y traslada automáticamente el alma del difunto hacia un palco celestial con vista al mar, atendido por recicladas azafatas (y azafatos) de Fórmula 1. Se haya sido en vida bueno buenísimo o malo malísimo, todos quedan libres de culpa tras la muerte. Todos santos. Todos al Cielo. ¿Pasar por el Purgatorio para purgar por nuestra responsabilidad de todo lo malo que hayamos hecho? ¡Eso pá los pringaos! ¡Azafataaaa… otro cubata!
Lo curioso es que este idílico buenismo post mortem no sólo afecta a los anteriores creyentes, sino que también se extiende a los otros creyentes: a quienes abiertamente niegan la trascendencia y rechazan la vida del alma, creyendo que tras la muerte está tó el pescao vendío. Y es ya habitual, que cuando por alguna circunstancia éstos evocan a sus seres queridos, pese a no creer en nada (o a creer en nada), echen mano del consabido «Esté donde esté» o frasecita similar, anhelando que esos -sus- difuntos se encontrarán en algún sitio mejor que pudriéndose en una fosa o reducidos a un puñado de cenizas. En este caso, un incoherente pero muy humano y comprensible buenismo.






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