Uno de los nuevos “dogmas”, de las nuevas normas morales que, pareciendo en principio bastante razonables, se imponen sin embargo de una manera tan tajante, tan universal y tan sin discusión posible, que adquieren un carácter de fanatismo, es el referente al nuevo gran crimen de nuestro tiempo: TIRAR LA COMIDA.
Sí, en principio parece sensato. Pero pensándolo un poco, el horror a tirar la comida tiene más de componente ancestral, simbólico, diría que hasta estético, que lo que realmente implica de derroche de bienes. Si la carencia más hiriente y que clama al cielo es el hambre en el mundo, y es algo que se nos recuerda continuamente (a solucionarlo no nos enseñan, pero a sentirnos culpables, bien que sí) entonces el que alguien que tiene la comida en un plato la arroje, por fina desgana, a la basura, tiene un algo que choca especialmente a nuestra sensibilidad –máxime cuando, como digo, nos han educado en eso (“¡Hay niños que pasan hambre!” se le dice a la niña de tres años para animarla a acabarse el plato). Hasta ahí, estamos todo de acuerdo.
Pero, ¿se puede vivir sin tirar algo de comida? Es imposible, tanto en países ricos como pobres. La Naturaleza es generosa, es enormemente fértil, es derrochadora. Contemplar un simple árbol frutal nos convence de ello; inevitablemente muchas piezas se pierden, al menos para consumo humano, ya que no de los bichos. Es como el agua: en época de inundaciones hay que achicar, en otras se padece sequía. El ingenio humano hace que se desperdicie la menos posible, pero algo de tirar agua es inevitable.
Si hablamos de derroche indecente, considerando que hay pobres, y de daño medioambiental, pensemos en esto, por poner sólo un ejemplo: Continuamente renovamos nuestros electrodomésticos; en la higiénica España, el país donde más nos lavamos, según dicen, la renovación de cuartos de baño y de cocinas es incesante, hasta en hogares que podríamos considerar humildes. Maravilloso dato, que a nadie disgustará. Dignidad, trabajo para muchos, etc. Pero, ¿y el daño al medio ambiente? ¿Adónde van las bañeras, las cocinas desechadas? Y, siguiendo la argumentación que se emplea con la comida, ¿cómo tiramos un lavabo que aún sirve cuando tanta gente en el mundo no tiene ninguno? ¿No es inmoral desechar un coche, un ordenador, una lavadora que aún funciona, cuando tantos en el mundo no tienen eso? Evidentemente, sin actuáramos con esa moral (es indecente tirar lo que otros no tienen), no podríamos ni mover un dedo.
Pero, comparaciones aparte –que nos llevarían demasiado lejos- y centrándonos en el solo tema de tirar la comida, reflexionemos de nuevo. ¿Es posible, en una sola familia –no hablemos ya de restaurantes ni supermercados- el hacer la compra y preparar las comidas con una sana abundancia, y que luego no sobre absolutamente nada? Se prepara un guiso, luego las circunstancias, las amistades, los imprevistos nos hacen comer fuera, ¿es eso inmoral?
Se habla de “prohibir” a los restaurantes que tiren las sobras (al tiempo que les seguimos exigiendo los máximos estándares de salubridad absoluta); he oído que se les pedirá incluso que “riñan” a los clientes que no se terminen un plato. Señores: creo que Stalin se queda corto.
Respeto a la persona que se come un plátano a punto de pudrirse, aun teniendo otro fresco al lado, porque en su remordimiento de que se desperdicie comida hay un algo noble, un homenaje a nuestro ser ancestral, a nuestra naturaleza primitiva, dicho esto en su mejor sentido; es un gesto que aúna cultura y tribalismo, que en su absurdo reúne algo de nuestra esencia tanto divina como animal… No sé cómo expresarlo, pero lo respeto y hasta admiro.
Pero suplico que respeten también el que yo, que mantengo la misma cocina y bañera que siempre he conocido, me coma el plátano fresco, agradeciendo a Dios sus espléndidos dones, y tire a la basura el medio podrido.





