Es fácil recordar los eventos notables y vistosos, aunque se remonten a mucho tiempo atrás. Por el contrario, el lento y casi imperceptible cambio de costumbres cotidianas… esos cambios insidiosos pasan casi desapercibidos; y si algún observador los constata, a veces se topa con el escepticismo y la incomprensión.
El cambio de estilo de las celebraciones navideñas sería un tema inagotable. Sin remontarse muchísimo en el tiempo, sino retrocediendo hace “sólo” unos trece años (la fecha de la llegada de Zoido a la alcaldía de Sevilla, sin que por supuesto ese fuera el único factor de tan gigantescos y globales cambios, es muy útil para establecer un amago de línea divisoria entre dos estilos… Sin algo de cronología es difícil comprender la Historia), pues entonces el celebrar la Navidad, adornar la casas con espumillones, poner el Nacimiento, asomarse a ver otros, disfrutar del alumbrado de las calles y de los grandes almacenes… todo eso era como algo íntimo y entrañable, que además era mirado con cierta burla por parte de los sectores más… ¿cómo llamarlos?, más “progres” o más “modernos” o más “oficiales” de la sociedad. Hoy en cambio, desde el villancico al adorno navideño, todo es un boom oficial; lo progre, lo moderno, lo guay, es presumir de lo navideño, atiborrar de ello sus redes sociales, y también por parte de todas las tribunas oficiales, las que antaño parecían como reírse benévolamente de nosotros por dedicarnos a fabricar una casita para el belén.
¿Es bueno el cambio? ¿Es malo? No sabemos. Pero fijémonos sólo en un detalle concreto: el enorme adelantamiento en fecha de las celebraciones. Los que buscamos una fidelidad al calendario, para que las cosas tengan sentido, ya habíamos desistido de “protestar” por este adelantamiento. Al fin y al cabo, pensábamos (como muchos que, sobre todo por puro sentido cristiano, prefieren celebrar las cosas en la fecha que les corresponde, y no antes) que en fin, si bien es imposible convencer al universo mundo, público y privado, comercial y político, de que deje las celebraciones navideñas para el período navideño (de Nochebuena hasta el día de Reyes; que litúrgicamente se prolongaría aún más, pero vale ya así), al menos a cada uno nadie nos prohíbe, en nuestra propia esfera privada, el hacer precisamente eso: el poner el Nacimiento y los adornos el día 24 o poco antes, el reservar los turrones para esas fechas, el poner villancicos, el felicitarse… todo durante los días desde Navidad a Reyes.
En fin, lo creíamos posible, pero, ¿lo es?
Como estrictamente posible, sí. Algunos colocamos el Nacimiento y el árbol justo el día de Navidad o poco antes; el consumo de turrones, mantecados, vinos espumosos, etc, lo aplazamos también en lo posible para esos días (sin caer en fanatismos, sin hacer un dogma de detalles secundarios, pero en fin, en lo posible), al igual que el salir a ver belenes, el poner una selección de villancicos predilectos… Como “posible” teóricamente sí lo es, pero, ¿funciona? ¿Qué efecto produce, qué sucede en la práctica?
Pues en la práctica… queda siempre desazón y tristeza y un cierto vacío. Al ir a comprar corcho o espumillones, no sólo ya no queda casi nada (“¿Pero ahora vienes a por el corcho?”, exclamaba el dependiente de un bazar, ¡y era el día 24!), sino que al ver esos estantes ya desangelados, como de algo en liquidación, como de cosa atrasada, ¿dónde queda el espíritu de ilusión, de poner el belén ante la inminencia de la Navidad? En algunas tiendas y grandes almacenes, lo de la liquidación no es impresión, es realidad: 50% de descuento en todos los adornos navideños a partir del día 26, y rapidito, que en dos días lo quitamos todo. Los mantecados y polvorones en grandes superficies, los retiran el día 31; ya el 2 de enero, cuatro días antes de Reyes, no podrán encontrar ni uno, ¡demasiado tarde!, nos dirán con la superioridad de quien habla con un retrasado obsoleto. Bueno, ¿qué diremos de la feria del belén, cuyos kioscos cierran cuando tendrían que abrir?
Evidentemente, no podemos luchar contra la inmensa corriente planetaria comercial que tiende a adelantarlo todo (también se adelanta la ropa de verano y la de invierno, la de la Feria, todo); contra eso no podemos ir, pero sí cabría solicitar: Ya que tenéis los mantecados desde octubre, ¿qué trabajo cuesta dejarlos cinco días más (hasta el día de Reyes)? Los mismo vale para la feria del belén, para los adornos: ya no pedimos que no se adelanten tanto, sino que al menos, en vez de añadirles otra semana por delante, aguanten otra semana… lo que ellos llamarían “por detrás”, pero que es la fecha adecuada. El eliminarlos tajantemente, unas cosas el día 24, otras el 31, es ya un acto de desprecio deliberado, de ataque directo.
Los que intentamos vivirlo en su fecha, vale ya que con la corriente comercial no se puede luchar. Pero es que hay otra: el mundo de los villancicos, de los belenes en las iglesias y hermandades. ¡También eso se adelanta, los conciertos, todo! Nadie nos prohíbe escuchar en casa unos villancicos. Pero todo en el entorno (vemos en iglesias carteles atrasados de conciertos de villancicos celebrados a principios de diciembre; no los habíamos mirado mucho por esperar hasta Navidad y ¡ya es tarde!), todo nos dice que “ya pasó”, que estamos desubicados.
Contra las fuerzas económicas planetarias no se puede luchar; pero lo que no es comercial (un modesto concierto de villancicos, o bendiciones de imágenes del Niño Jesús, o campanilleros… mil y mil cosas), eso no tiene que obedecer a leyes económicas, entonces, ¿por qué se adelanta? ¿y por qué se suprime una vez llegada su fecha?
El día 26 de diciembre a muchos nos saldría decirle “¡Feliz Navidad!” a alguien que nos encontremos. Pero, salvo que sea mínimamente conocido, y se le pueda añadir “Feliz Navidad, que ahora es cuando estamos en ella”, es decir, como colocando un sermoncito de afirmación de identidad religiosa, pues si es cualquier desconocido, un cajero de supermercado, entonces “no pega”, suena desfasado… En cambio, el mismo cajero sí había dicho esa frase el 5 de diciembre.
El apogeo navideño de adornos, felicitaciones, etc, desde finales de noviembre juega en nuestra contra. Si no se “celebrara” a destiempo tanto, pues un “Feliz Navidad” escuchado un 27 de diciembre sonaría original, propio de alguien con determinada identidad… pero no como hoy, que suena a despistado, a desfasado, a alguien que no sabe en qué fecha vive. Han desgastado esas bellas, palabras.
Y todavía en España, gracias a los Reyes Magos, se mantiene algo, si no el espíritu navideño (“Navidad” parece palabra prohibida desde el día 25 -¡desde su inicio!- por obsoleta), al menos el aire festivo.
Este año vemos en muchos balcones la leyenda “Aquí somos de los Reyes Magos”. Simpatizando plenamente con la intención de estos carteles… simpatizando plenísimamente… pues incluso esto produce cierta tristeza. Porque indica que la celebración del día de Reyes ya no es algo obvio y natural, sino que hay que defenderla con aire desafiante. Si dijera “Esperando a los Reyes Magos”, sería otra cosa. Pero el decir “Aquí somos…” ya indica que por desgracia hace falta un tono reivindicativo.
No criticamos la iniciativa de estos carteles; al contrario, la aplaudimos. En realidad, ese tono reivindicativo, desafiante, que parece restarle algo de alegría, es el mismo que nos vemos obligados a adoptar al comprar el corcho el día 24, al preguntar por polvorones el día 2, al poner en casa unos villancicos… Se puede hacer, y lo hacemos. Pero es inevitable ese tono de tristeza, de estar haciendo cosas de las que el mundo está ya cansado después de mes y medio… Lo único que permite seguir es adoptar un aire ligeramente beligerante, lo que resta algo de la pura alegría y efusión que tendría que ser característica de la Navidad.
Es tiempo de Navidad. Ahora.





