Un año más vuelve a inaugurarse el invierno y con él, tres días más tarde, la Navidad.
Navidad, esa época donde la gente busca redimirse de sus errores, pecados e indiferencias, haciendo, de manera obligada, cosas que no hace el resto del año.
Es sólo en este tiempo, cuando la persona con la que te estás cruzando dándole educadamente los buenos días y recibiendo el silencio por respuesta, te suelta con una enorme sonrisa eso de: ¡feliz Navidad!, y, educadamente le contestas: ¡igualmente!, sin por supuesto salir de tu asombro.
Es un incesante goteo de fotografías de políticos, futbolistas y famosos en hospitales llevándoles a los niños una «sonrisa» por Navidad.
Son días en los que se abre de manera más brutal la brecha entre los que tienen mucho o poco y los que no tienen absolutamente nada. Pero los necesitados lo son todo el año y los niños enfermos necesitan esa sonrisa siempre.
Lo que llaman espíritu de la Navidad debiera existir todo el año, porque todo el año hay alguien en algún portal de una casa que ha dormido al relente y que no tiene nada para llevarse a la boca; todo el año hay niños malnutridos, enfermos (con la de sinvergüenzas que hay que no les pasa nada), maltratados, que nacen y los tiran, que no los dejan nacer o que están profundamente solos…
Y aquí está la diferencia entre las buenas y las malas personas: las buenas personas son aquellas que pasan desapercibidas porque no dan bombo y platillo a lo que hacen; son aquellas que teniendo muy poco reparten con el que no tiene nada; son aquellas que sienten un dolor intenso cuando ven un niño que no es feliz; son aquellas en las que cada día surge la duda de saber si podrá ayudar o no; son aquellas, en suma, que hacen lo que el corazón les manda sin esperar nada a cambio.
Viene ahora a mi memoria una frase en forma de promesa, que se repite desde el año 2011: «No dejaremos un pobre en las calles. Nadie pasará frío. Los niños serán nuestra prioridad».
No sé ustedes, yo sigo viendo criaturas desahuciadas del sistema durmiendo en las calles pasando frío, como sigo viendo niños desatendidos e infelices, al igual que veo un rebaño de vividores a costa de nuestros impuestos que en estos días disfrutarán en casa calentitos, de sus cestas y sus mariscadas, conseguidas sin esfuerzo alguno.
Al cabo es absurdo pretender que no ocurra lo inevitable. El mundo se ha convertido en una olla a presión donde se han perdido los valores más fundamentales; donde en épocas como esta solo importa comprar lo más caro y comer hasta reventar de lo mejor porque, si no se tiene, se crea automáticamente un sentimiento de miseria y de inferioridad abrumador; donde se produce la más grande de las hipocresías cuando se es condescendiente con los más necesitados solo porque es Navidad.
Aquellos momentos de sentimientos verdaderos, de fraternidad y de amor, están siendo gangrenados por diversos factores que han hecho que se conviertan en un tiempo de hipocresía.
Y si lo dudan, pregúntense:
¿Cuántos de ustedes, creyentes o no, salvadores de la patria, defensores de los más desfavorecidos y los inmigrantes, pregoneros de la entrega de un maná que no llegará nunca, poseedores de la verdad absoluta y maestros de la ética y la moral, detractores de las obras asistenciales que tengan que ver con la iglesia, sentareis en vuestra mesa a alguno de los que aseguráis defender para que compartan vuestro opíparo ágape y vuestro calor del hogar?.
Pues eso…





