A poco que nos fijemos en la forma de relacionarnos, uno concluye que corren malos tiempos para la conversación vis a vis (visage a visage, cara a cara), pues la permanente conexión por el móvil nos empuja al mensaje por audio y, en menor medida, a la llamada telefónica previa solicitud por WhatsApp con un “¿puedo llamarte?”, y digo por móviles porque los teléfonos fijos solo son utilizados para las llamadas comerciales y por los abuelos o padres en edad de serlo cuando necesitan algo.
Los expertos en comunicación verbal aseguran que son muchos los estudios que les conceden a las palabras que decimos solo un 7 % en el peso del mensaje; un 38 % se lo lleva la voz, con todos los matices que la enriquecen: el timbre, que hace único el sonido que emite cada persona; el tono, que acompaña a la frase y lo impregna de la emoción que le imprimimos (seriedad, tristeza, jolgorio, etc.); el ritmo (lento como los canarios, entrecortado como los vascos, acelerado como los sevillanos, …); la musicalidad (melódica como los gallegos, con subidas al final de la frase como los pacenses, …); la dicción (clara y precisa como en Soria, o llena de apócopes como en Andalucía, …), y por último un 55 % el lenguaje corporal y facial, pues nuestros gestos, posturas y expresiones de nuestro rostro son los primeros signos que recibe nuestro interlocutor. Todo ello queda de manifiesto en esa expresión con la que algunas veces se nos ha interpelado y que nunca nos deja indiferentes: “Tenemos que hablar”.
Tres palabras, que dichas en un tono serio y a ser posible sin testigos, tienen mucha guasa. Esta perífrasis de obligación nos puede traer a la memoria aquella conversación con nuestro padre en la que, tras invitarnos a tomar asiento, nos quería hacer ver que nos estábamos equivocando en algo, que así no podíamos seguir, que eso que había ocurrido en casa no podía dejarse pasar como si nada, y, casi siempre, con el ánimo presente de la corrección, como Dios le daba a entender y buscando lo que para él era nuestro bien, pues al fondo, solo te corrige quien te quiere.
Ese “tenemos que hablar” nos dejaba perplejos si era tu novia, o tu novio, quien te invitaba a realizarlo, porque si hablábamos todos los días, ¿de qué misterio se trataba para envolverlo con esta fórmula? Hasta que llegaba el momento te temías lo peor: un anuncio de ruptura más o menos justificada, un diagnóstico médico preocupante, o ese “vamos a darnos un tiempo a ver si me aclaro”, preludio de una separación no deseada.
Luego llegó el mundo laboral, y ahí casi siempre era tu jefe quien utilizaba esta fórmula para irte preparando: una propuesta de cambio de destino que implicaba un cambio de residencia con tu familia que eras “libre” de aceptar, una nueva responsabilidad que obligaba a empezar de cero con compañeros desconocidos, la reconversión en otra área de la empresa que iba a suponer un gran esfuerzo en adquirir nuevos conocimientos y habilidades, o, lo que es peor, el anuncio de que eras prescindible para la corporación por tu edad, tus elevados emolumentos o porque tras la fusión / absorción habida, tu puesto se duplicaba, aunque tu firma fuera la absorbente y la otra la absorbida.
¡Y qué les voy a decir cuando el “tenemos que hablar” se escucha dentro del matrimonio! Si la relación es estable en la pareja y no parece haber motivo de separación, lo primero que se piensa es que algo ha ocurrido con nuestros hijos. No hace falta decir que si la relación es tensa, la frase es preludio de ruptura. Tampoco que si la frase la dirige al matrimonio al conjunto de sus vástagos, es que la situación económica invita a atarse los machos, o, Dios no lo quiera, el diagnóstico de una enfermedad nos obliga a separar lo urgente de lo importante.
En pocas ocasiones como en esta, se busca que lo que se piensa (ilocutivo) sepa encontrar las palabras adecuadas (locutivo) para que no haya extraños entendidos (perlocutivo).
El lenguaje escrito tiene sus limitaciones. Lo vemos en los WhatsApps con sus interpretaciones (y no hablo solo de los grupos); ocurría también con las cartas, que ya nadie escribe, aunque en menor medida, pero la expresión verbal, mediante la articulación de palabras y la composición de oraciones, es una cualidad humana que nos diferencia de los animales. Cuidémosla, por el bien de todos, y démosle la importancia que tiene, porque en ello nos jugamos en gran medida nuestra forma de vivir.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
«Hablando la gente se entiende» solían decirnos. Sea para bien o para mal el habla vivencial nos ayuda a interpretar y a entender, e incluso a repreguntar en el acto; retroalimentación de la comunicación ¿verdad?
Muy buena plática del amigo epistolar Alberto Amador. Para él mi saludo.