Las primeras veces suelen marcar la memoria. Siempre hay momentos en los que nervios florecen, como el azahar de los naranjos. Los humanos experimentamos sensaciones difíciles de explicar pero preciosos a la vez: esa entrevista de trabajo, ver a alguien querido después de muchos meses, la primera vez que te enamoras… Y un largo etcétera. En esos momentos primerizos, el cuerpo experimenta una sensación rara, se encoge el estómago, te falta el aire, te tiemblan las piernas, las manos… ¿pero qué me está pasando?. Tu mente se bloquea y entonces…saltas a la acción. Te metes dentro de la película. La realidad convierte esa sensación en felicidad. Explicar esto es dificilísimo, las personas de sangre caliente saben qué les estoy contando.
En estos días previos a la Semana Santa, en estas vísperas, al cofrade le suele suceder esto. Suele temblar, suele sentir como si lo que fuese a pasar, pasase por primera vez en su vida. Son momentos parecidos a los minutos antes de poner la cruz de guía en el dintel del templo. Es una sensación un tanto especial, que hace que la reflexión de la cuaresma cobre vida en estas últimas vísperas y eche a andar rampa abajo en la plaza del Salvador.
Esta sensación se da con el primer martillazo del capataz, tu pulso se desacelera, el corazón late fuerte, y entonces comienza todo. Este temblor es la antesala a una pequeña plenitud que te hace olvidarte de todo y pensar en lo verdaderamente importante, en lo que merece la pena y en los que merecen la pena. Es un filtro infalible, que desecha lo que no sirve y saca a relucir lo sirve.
Temblar en estos días es sinónimo de unos nervios más benditos que la cara de un monaguillo y más verdaderos que la sinceridad de un amor. Tiemblen pues, no hay mejor sensación que esa, para encontrar un pequeño campo de libertad que dura siete días y te hace ser mejor, siempre mejor. En estas vísperas, tiemblen, no paren de temblar y que esos nervios sean de gozo, nunca de miedo.





