Por @ursoniano
«Qué hermoso hablarte mientras estás dormida. Sé que me escuchas, aunque parezca que no me oigas. Lo sé porque tu respiración, plácida, se agita. Me siento a tu lado y observo tu cara despreocupada; bendito sueño este que nos libera de aquello que durante el día nos aprisiona. Me acerco a tu pecho y siento la vida que late dentro; qué melodía más perfecta la de tu corazón. Ese mismo corazón que una vez, acercando hasta él mi mano temblorosa, dijiste que era para mí firmando con un «te quiero».
Ahora que la noche se ha hecho con tu mundo y el mío; ahora que las penumbras juegan a dibujar en tu rostro misteriosos ensalmos y que tus labios son como dos carnosos pétalos unidos que callan; ahora que puedo hablar sin que nadie me interrumpa; ahora es cuando no me salen las palabras, y acuden a mi memoria momentos donde estas, hirientes, sobraron. Pero ahora callan. Callan y dejan que mis pensamientos se aturullen en mil frases, en mil disculpas, en mil «y yo» que debieron haber seguido a tu mirada enamorada. Ahí están, agolpados en mi garganta sin poder decir nada.
La luz de la luna que esquiva se cuela por el hueco que has dejado en la persiana me distrae por un momento, como si una voz incorpórea me nombrara. El haz blanquecino se posa sobre tu oscuro cabello y la tenue claridad deja adivinar las canas que con diligencia te guardas. Me asoma una mueca de felicidad al mirar a aquella niña que conocí hace ya tanto –¿o no? Nunca es suficiente el tiempo a tu lado–. Aquella niña sigue ahí, a pesar de los años, con los ojos cerrados, soñando.
Sueña. Sueña, flor mía. Que aquí estoy yo, velando. Sueña como yo este ensueño de admirarte en tu letargo.
Qué suerte la mía de no estar cansado esta noche y tener toda ella para amarte, aunque sea en silencio.
Amarte en silencio… ¿No es eso una ofensa a mis sentimientos?, porque no es así como lo siento. Pero en esta noche todo es distinto. Lo sé. Esta noche no es como las demás donde duermo. Esta noche estoy despierto como si el cansancio hubiese desaparecido de mi cuerpo. Y aquí estoy, hablándote sin hablar, mientras, tú dormida, de amor muero.
Se acaba la oscuridad, parece que está cerca el alba. Cuando abras los ojos espero que, de alguna forma, algo haya quedado en tu memoria. No sé cómo; de alguna forma. Que cuando mires al otro lado, en la cama donde yo me acostaba, te sonrías y te acuerdes de cuando me despertabas con tu voz cantarina de buena mañana. Yo ya no estaré, pero da igual; sigue posando tu mano sobre la almohada, como si me acariciaras.
No. Nunca fue suficiente el tiempo a tu lado. Ahora que tengo todo el de la eternidad, es cuando me he dado cuenta de ello.
Te espero».
Y así empezaba esta historia de amor que acababa en un hospital la madrugada del sábado y a este humilde escribidor, que la vivió de cerca, le llamó en suma la atención y no quiso que al olvido sucumbiera. Ella dormía en un incómodo sillón mientras él, de forma inevitable, sin hacer ruido, moría.
No lo crean ustedes si así gustan, solo les puedo repetir las palabras de la mujer que, al despertar y encontrarse con la terrible sorpresa, decía a otro familiar en el pasillo de la habitación donde se encontraban mientras amortajaban al esposo, y que, al estar cerca de la escena, pude escuchar:
«De verdad. Yo oí cómo me decía adiós».





