De vez en cuando se habla del taxi, de la necesidad de que “se adapten” a las nuevas circunstancias… Desde el propio sector, algunos hacen declaraciones en las que, dejando atrás el eco de las protestas y huelgas que en muchos casos estropearon su imagen, pues con más serenidad explican que piensan actualizarse, maximizar sus posibilidades, olvidar el estilo reivindicativo y centrarse en mejorar sus servicios…
Todo esto suena muy bien, y hay que aplaudirlo. Pero en cierto modo diríase que se les escapa lo principal. Es decir: ¿qué piensan hacer en concreto? Pues “modernizarse”, entendiendo por ello el extender el uso de aplicaciones, digitalizarse, es decir, imitar en todo a sus competidores de Uber y Cabify. No suena mal, pero, ¿no harían mejor en aprovechar las posibilidades que sólo ellos tienen?
Antaño, el taxi circulaba al azar por las calles hasta que lo paraba un cliente. Una estampa frecuente de la vida urbana era la del ciudadano agitando sus brazos al ver un taxi “libre”. Esto prácticamente ha desaparecido, con la hiper regulación que se impuso libremente el propio sector (mucho antes de la aparición de los VTC), de concentrarse en las paradas, obsesionarse con no perder la clientela de aeropuerto y estación, y abandonar el callejeo. Ellos mismos desaparecieron. Al salir de una cena, de una reunión familiar, de cualquier evento, pues antaño era cuestión de segundos o de pocos minutos el esperar en la calle hasta que pasar un taxi. Comodidad, facilidad máxima… Eso desde hace años ha desaparecido. Hay que caminar, a veces muchísimo, hacia la parada del taxi, para luego encontrarla vacía (salvo las principalísimas). Y en los barrios más alejados, ni hablemos.
El éxito de los VTC no fue primariamente debido a sus ventajas de precio, amabilidad, etc. Es que NO HABÍA taxis.
Si yo tuviera un familiar taxista, le sugeriría, con el mayor afecto: “¡Vete a callejear, con el taxi, una mañana! Recorre calles al azar. La Macarena, Triana, Heliópolis, Nervión… lo que se te antoje. ¿Riesgo? Lo peor que puede pasar es, ¡oh horror!, pues perder unas gotas de gasolina, y pasar unas horas sin ingresar nada. Después del desastre de la pandemia, ¿le vas a tener miedo a esa posible “gran” pérdida? Y lo probable es que te lleves una enorme alegría, que te encuentres a ciudadanos que no sólo te reportarán ganancias sino que quedarán hasta agradecidos de ver que vuelve esa maravilla, un auto que se detiene amablemente al agitar el brazo y, sin pedirles datos, sin quitarles privacidad, les lleve adonde les dé la gana…”
Y además la aventura de recorrer la ciudad, de ir por calles nuevas… de olvidarse del burocratismo de aeropuerto-estación, estación-aeropuerto, de gozar de eso que tiene el autónomo que es la LIBERTAD. Un conductor de autobuses tiene el sueldo más seguro pero debe hacer, sin remedio, siempre el mismo trayecto. ¿Por qué el taxista, que puede ir donde quiera, se empeña en imitarlo? ¿No tienen imaginación?
Hay muchísimas personas (acaso sean minoría, pero una minoría considerable) que no quieren descargarse aplicaciones, dar sus datos personales ni bancarios, perder la intimidad, depender del teléfono móvil todavía más y más… para algo tan simple como desplazarse dos kilómetros. El taxi tiene muchísimos clientes potenciales que no aprovecha por pereza, por falta de imaginación, por un miedo desproporcionado a “desperdiciar” una gota de gasolina…
Incluso puede recuperar a actuales usuarios de los VTC. Estos tuvieron un notable boom por la novedad, pero no están exentos, lógicamente, de defectos. Las tardanzas, el baile de precios según horas, los navegadores cargados de errores y los conductores ciegamente empeñados en “lo que me diga el navegador”, aunque sea más largo o incluso contramano… Si antes de decidirse a sacar el móvil para pedir un Uber o Cabify, el cliente ve pasar delante de sus ojos un taxi vacío, puede cambiar de opinión.
Con razón o sin ella, y dejando de un lado las polémicas, los taxis disponen al día de hoy de numerosas ventajas (poder utilizar muchos carriles vedados a los VTC, poder, como digo, callejear para que los detengan potenciales clientes…). ¿Por qué no las aprovechan al máximo?
En este entuerto interviene poderosamente un factor del que se habla poco: el miedo, o al menos, una actitud timorata ante la vida. Un empresario, un autónomo, nunca debe tener miedo. El bar que realiza pocos pedidos por temor a que le sobre, la tienda que encarga pocos vestidos por miedo a no venderlos, ¿triunfará? Para triunfar hay que asumir riesgos, aceptar que puede haber algunas pérdidas y ¡a luchar! El taxista que, por temor a perder un poquito, renuncia al callejeo y prefiere colocarse el cuadragésimo en la cola del aeropuerto porque es “seguro”, pues… así le va.
Y mientras mejor les vaya a unos (taxi, VTCs, autobuses), mejor les irá y nos irá a todos.





