La odiosa pandemia del covid ha tenido consecuencias políticas graves cuyos efectos poco a poco vamos experimentando. Al permitir a los gobiernos de las democracias medidas punitivas y confinamientos, impensables antes, los ciudadanos se han acostumbrado a la pérdida de libertades fundamentales. Ahora, con el inestimable apoyo de los dogmas de la Iglesia Verde, la prensa alarmista y el invento de la absurda expresión «emergencia climática», los gobiernos se ven legitimados para reducir aún más nuestra libertad.
El argumento empleado surge de una colosal mentira, aquella que acusa al hombre de provocar el calentamiento global, ocultando de paso que según los historiadores del clima la actual subida de las temperaturas comenzó hace 10,000 años y con ella la aparición de la agricultura, la ganadería y las primeras ciudades, es decir, la civilización.
Poco antes de la pasada Semana Santa, el presidente Sánchez, hablando desde las Américas pero dirigiéndose a los españoles, advirtió que contra el «negacionismo climático» su Gobierno tendría «tolerancia cero». Escuché esas palabras en un espacio televisivo de noticias, y no he visto después ninguna referencia periodística a ellas a pesar de su enorme peso: el fin de la libertad de expresión y pensamiento. Nadie ha rechistado.
En uno de sus últimos libros («Hacer hablar al cielo») Peter Sloterdijk escribe: «Quien se aparta del consenso más de lo establecido dentro del marco de tolerancia habitual llamará la atención como una enfermedad contagiosa» que hay que extirpar. Por mi parte, cuando escucho a un gobierno cualquiera utilizar el lugar común de «Contra esto o aquello tolerancia cero» no puedo dejar de pensar que expresiones como esa o el impreciso y confuso invento de los «delitos de odio» son pasos hacia un futuro sintagma: «Contra la libertad de expresión, también tolerancia cero». Cierto ejemplo sonado acabamos de conocer en la prensa andaluza. Y no digo más.





