Es un lugar común entre eruditos, ilustrados y plebeyos sostener que los siglos XX y XXI han sido los más violentos de la historia universal: dos guerras mundiales; dos totalitarismos espantosos como el comunismo y el nacionalsocialismo; el Holocausto judío, el terrorismo islamista… Y sin embargo, el estudio detallado de los acontecimientos históricos demuestra justamente lo contrario.
Si llamamos «Violencia» a la probabilidad de morir a manos de otro (incluidas las guerras) nuestra sociedad contemporánea es un paraíso de seguridad y paz comparada incluso con una época tan exquisita cuál la del Renacimiento (basta leer para comprobarlo la autobiografía de Benvenuto Cellini, de la que existe edición española). También la Guerra de los Treinta Años (1618-1648) fue infinitamente más cruel que las dos guerras mundiales. Menos muertos, cierto, pero con una población de Europa cinco veces inferior a la de hoy. O los siglos oscuros de la Alta Edad Media: échenle un vistazo como muestra a las cosas que ocurrían en Roma durante el pontificado del Papa Formoso…
¿Echarnos entonces contentos a dormir y dejarlo todo tal cual está? No. Pero a pesar de sus altibajos la Historia progresa. Carlos Marx pensaba que progresaba hacia la sociedad sin clases. Teilhard de Chardin creía en el progreso por evolución en busca del Reino. Lo importante es colaborar con ese proceso, ya sea desde una mentalidad laica o bien religioso, hacia una posible plenitud.





