La generación a la que pertenezco ha sido siempre europeísta. Durante 40 años Europa significaba para nosotros la libertad y el progreso. Luego, ya en democracia, vivimos la entrada de España en la UE como una fiesta. Sin embargo, ese entusiasmo, al menos para mí, se ha debilitado mucho.
Decía Ortega que una nación era «un proyecto sugestivo de vida en común», pero por ninguna parte los europeos de hoy sienten esa sugestión como alma de la UE. ¿La democracia? Sí, claro, mas no puede negarse que en el siglo XXI la imagen de la democracia ya sugestiona poco.
Cuando un régimen, un pueblo, un Gobierno, un Estado o un imperio pierden sus ideales fundantes necesita inventarse enemigos internos para mantener la tensión unitaria. La Unión Europea se inventó hace ya algunos años la amenaza interna de los llamados partidos «ultras». Tales ultras tendrían como rasgo distintivo la «xenofobia» y como objetivo declarado cerrar a cal y canto el «limes» europeo a la inmigración irregular.
La Comisión de Interior europea viene proponiendo cooperar más estrechamente con Marruecos y otros regímenes autoritarios de África a fin de frenar la ola migratoria (lean ustedes con atención su último documento del 6 de junio). Habla Bruselas, y me parece muy bien, que «tras considerar los flujos migratorios sostenidos» es de «necesidad un plan de acción global para las rutas del Mediterráneo occidental» (…), plan basado en «proyectos operativos concretos» a fin de «lograr una mejor gestión de los procedimientos de retorno» (de expulsión).
O sea, exactamente lo mismo que reclaman los partidos ultras. La única diferencia consiste en que los ultras proponen tales medidas a las claras mientras que la UE lo disimula bajo una hipócrita y santurrona palabrería.






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La trata de in migrantes ilegales proporciona trabajadores baratos y que no hacen huelgas (en Gibraltar no los necesitan, por eso no van nunca allá)