Es corriente en ciertos países de cultura cristiana sorprender a los niños con los huevos de Pascua. Cuando llega la fiesta de la Resurrección, los padres esconden por los rincones de la casa o en el jardín huevos de chocolate con algún pequeño regalo en su interior; los niños deben buscarlos y es cosa de ver la alegría de los peques que van encontrando la exquisita golosina con una sorpresa dentro. ¿Y si en nuestro planeta Tierra también se hubieran sembrado a tresbolillo huevos de Pascua?
Cabe imaginar cómo sería la vida de los seres inteligentes habitantes de un planeta donde no existiera el hierro, ni el estaño, ni el cobre, ni el petróleo, ni el uranio, ni el carbón mineral, ni el hongo de la penicilina, ni los opiáceos de la amapola y sus derivados que permiten la anestesia cuando vamos al dentista… ¿Cómo vivir sin el zumo de la vid y del olivo? Sería una vida bastante triste para los habitantes de un planeta sin esos huevos de Pascua, amén de resultar extraordinariamente difícil el progreso de la civilización.
Los terrícolas hemos tenido suerte con nuestros huevos de Pascua. Basta repasar la historia del homo sapiens desde sus orígenes hasta nuestros días para quedar deslumbrados con los descubrimientos de las cosas que estaban en nuestro globo, escondidas a fin de encontrarlas cuando nos hicieran falta. ¡Qué casualidad! Pero el estudio de la historia en la larga duración lleva a conclusiones imprevistas. ¡Aleluya! Gritan muchos por estos días.





