Siempre produce asombro el cambio de contenido, de significado, en palabras y conceptos cuando ocurre en un corto espacio de tiempo, digamos en menos de un siglo o de cincuenta años. Es lo que ha ocurrido en España con el vocablo «progreso» o «progresista» en las últimas dos décadas.
Sostenía sabiamente Auguste Comte que el progreso no es más que el fruto sabroso del «orden», una voz hoy asociada entre nosotros con el fascismo, el autoritarismo y la reacción; así pues, una palabra nefanda y blasfema. Mas es lo cierto que el orden procede de la libertad, la seguridad y la existencia de élites con «auctoritas» (que no cabe confundir con élites autoritarias). Se trata de una evidencia histórica y de sentido común: la anarquía, el desorden y la inseguridad jurídica son incompatibles con el progreso de una sociedad.
Los autoproclamados progresistas, es decir, los «progres» del siglo XXI, han hecho del cambio por el cambio una virtud política. Pero ¿por qué cambiar lo que funciona bien? Así se está llegando en España a disparates socio-lingüísticos como llamar «progresista» a la alianza con un nacionalismo separatista reaccionario por definición. Mientras, el PSOE perdiendo elección tras elección en beneficio de esos socios cavernícolas.





