En los tiempos duros del nacionalcatolicismo todo (y digo «todo») debía ir dirigido supuestamente a la salvación de nuestra alma y al bien de la Iglesia. Ello llevaba a una suerte de comportamiento general: misa los domingos (so pena de infierno) y a ser posible diaria; rezo del rosario; ejercicios espirituales; congresos eucarísticos masivos; misiones apostólicas por barrios y pueblos… No había escape. Por supuesto nadie iba a la cárcel por incumplimiento pero la presión social era irresistible. El uso de ciertas palabras y lugares comunes distinguía al súbdito ejemplar: «He entronizado el Corazón de Jesús en casa», «Mi padre espiritual dice…», «Es de precepto», «película gravemente peligrosa’.
La España del siglo XXI va regresando hacia aquel pasado que corrompía al cristianismo, si bien hoy no se trata de un nacionalcatolicismo resucitado, sino de un demócratalaicismo que corrompe la democracia y no es menos insoportable; pero tampoco hay escape, ya se viva bajo el sanchismo o bajo el gobierno de Rajoy. «Poner en valor», «lenguaje inclusivo», «memoria histórica», «cambio climático», «delitos de odio»… son expresiones que no pueden faltar en todo (y digo «todo») documento que se haga público.
Acabo de recibir carta de mi director espiritual, o sea, de mi banco. Dice, y no me invento nada, que «con el objeto de incrementar la movilidad y las medidas contra el cambio climático y contribuir a la sostenibilidad etcétera etcétera etcétera. ¡Hipócritas!
A PESAR DE LO DICHO, FELICES VACACIONES HASTA SEPTIEMBRE.





