Decían los padres jesuitas del siglo XVII: «Dadnos un niño de menos de diez años para educarlo y será nuestro para siempre». Tenían razón. La educación como elemento de la cultura; la cultura en la que uno nace y es educado (por lo jesuitas, por profesores laicos, por los amigos o por la televisión) como sello imborrable de la personalidad del hombre.
Tuve un alumno en la Universidad de Sevilla, norteamericano de nación y negro de raza, que un día me dijo: «Yo antes me consideraba americano; luego pasé a considerarme afro-americano y ahora me siento sólo afro». Imposible, le repliqué, tú puedes renegar de tu cultura pero, te guste o no, seguirás siendo culturalmente americano hasta el fin de tu vida.
¿Sigue siendo aún cristiana Europa? Cristiana como creencia religiosa desde luego no; cristiana como cultura no puede sin embargo renunciar a serlo. La fe cristiana en el seno de la UE aparece hoy en su fase terminal: cada vez menos creyentes, cada vez más en las catacumbas. No obstante, el ciudadano europeo, después de vivir cerca de 2000 años en la cultura cristiana, no puede (historia, arte, pensamiento, santos, herejes, costumbres, fiestas, enfrentamientos y convivencia con otras culturas) no puede dejar de ser cristiano por muy sincero agnóstico o ateo que pueda ser. Una cosa es el cristianismo como religión y otra el cristianismo como cultura. No van siempre a la par.
Cuando los dirigentes de la Unión Europea borraron de su nonata Constitución toda referencia al judeocristianismo estaban expulsando de la UE a todos los cristianos, creyentes y no creyentes. La Europa en decadencia de hoy es despreciada por las grandes naciones del mundo que ¡oh rareza! sí están orgullosas de su propia cultura.





