Tengo en el estudio de mi casa donde suelo escribir estas «Tablillas» cierta fotografía, tomada en el Bucarest de 1974, en la que aparezco estrechando la mano de Ceaucescu. Me pareció un personaje siniestro y peligroso, pero ahí sigue la foto que suele llamar mucho la atención de los amigos cuando vienen a mi casa. La tengo junto a un hacha de piedra calcolítico, una candileja romana de arcilla, una moneda del Califato de Córdoba, una bola de marfil africano de hace doscientos años y el libro de Marta Harnecker «Conceptos elementales del materialismo histórico» en la edición mexicana de 1969; pequeñas piezas arqueológicas testigos de diversas épocas. Sin embargo, parece que hay gente que no tiene el gusto por las antigüedades y objetos raros.
Como saben, el Presidente de la Junta de Andalucía ha obligado al alcalde de Málaga a romper una fotografía en la que el edil está saludando a Putin. También el vicepresidente del Gobierno andaluz ha exigido que el ayuntamiento deje de financiar la Colección del Museo Ruso: a los rusos ni agua. ¿Qué idea tendrá del arte esta Minerva política? Y es que cuando la opinión se vuelve histérica los políticos mediocres tiemblan de miedo y pierden la cabeza.
Vivimos en una sociedad cada vez más puritana, donde en períodos de histerismo se queman brujas y se obliga a pedir perdón por cualquier cosa. Aprovecho, pues, la coyuntura y exijo de los alcaldes que retiraron del callejero el nombre de Rey Juan Carlos su inmediata reposición. Esa horterada iconoclasta sí que obligaría ahora a pública confesión y penitencia con el sambenito puesto.





