«Es más fácil dirigir y manipular una manada que a un individuo aislado de esa misma manada», decía el primer ministro del zar Nicolás I. Y así es.
Una multitud aglomerada ni piensa ni razona y sóo se mueve a impulsos emotivos no racionales ni razonados: odio, amor, histeria, envidia, deseo, simpatías, antipatías, miedos cavernarios… De aquí el valor de la democracia, basada en hechos y actitudes individuales y cuantificables: las libertades personales y el voto secreto, voto que nada tiene que ver con el voto a mano alzada asambleario. Pero además los sentimientos y emociones que siente la multitud congregada siempre le son inoculados desde fuera, desde el Poder: el poder político (venga de la «auctoritas» o del demagogo), el poder económico (la publicidad consumista) o el poder de los medios de informacuón cuando se vuelven unánimes y conducen al pensamiento obligatorio (único pensar posible en el seno de la multitud). De ahí también que el poder religioso y el poder de los intelectuales, antaño muy presente (no existe nada más personal que la oración, la contemplación o la especulación filosófica), haya desaparecido por completo en la mayor parte de Europa. Sólo los siglos dirán el resultado final.





