Hace justo trece años, el joven tunecino Mohamed Bouazzi desesperado por las injusticias y abusos de que era víctima bajo el despótico régimen del país se quemó vivo en el principal mercado de Túnez. Su holocausto impresionó al mundo musulmán, en Túnez la revolución derrocó al tirano y estableció un gobierno democrático; en Egipto, otra revuelta popular apoyada por Estados Unidos dio paso a la democracia parlamentaria y por todo el islam florecieron las libertades. Las ignorantes televisiones de Europa y USA, llenas de entusiasmo buenista hablaban de «la primavera árabe». Sólo fue flor de un día. Túnez ha vuelto a ser una dictadura donde se persigue estos días de modo feroz a la oposición; Egipto regresó enseguida al despotismo -de nuevo con ayuda USA- y hoy no existe ningún país árabe donde sobreviva la libertad.
¿Por qué se equivocaron los medios informativos occidentales (la mayoría) con su entusiasmo? Porque creen ciegamente que la democracia es un bien absoluto válido para cualquier tiempo y cualquier sitio. Y no es así. Toda democracia exige condiciones previas y precisas: un mínimo desarrollo económico, cierto nivel de educación, movilidad social y ausencia de espíritu tribal. Sin estas condiciones la democracia se hace Inviable.
Si China, a la que tanto critica la prensa, pasase en 24 horas a convertirse en una democracia el país se precipitaría a un caos anárquico desapareciendo como Estado, hundiendo su economía, y con ella la economía del mundo entero. El inepto presidente Biden parece en su senectud querer provocar esa catástrofe. ¿No existe pues la alternativa de libertad para los pueblos que, hoy por hoy, no pueden ser democracias? En absoluto: sí la hay. A saber: un benévolo «despotismo ilustrado» donde el acento se ponga sobre «lo ilustrado» y tenga como objetivo final preparar al país para una democracia futura. El optimismo ignorante sólo puede llevar al desastre, sea en China, en Túnez o en Marruecos. ¿A qué, entonces, esa estúpida polémica entre nuestros políticos sobre si Marruecos es una dictadura? Díganse las cosas claras.






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La democracia liberal se basa en el individualismo en un marco social, y es inviable entre los pueblos que dan más importancia a la comunidad (basada en el sentimiento) que a la sociedad, basada en principios de racionalidad. Es más propia de la economía de mercado que de la de prestigio. (Ch. L. Lindblom, ‘El sistema de mercado’, Madrid, 2002, pp. 221-223).