Después de varios días escuchando extraños sonidos en mi terraza, abro los balcones y me encuentro con un globo enredado en el aparato de la calefacción. Ignoro si ha escapado de la mano de un niño, si es un globo alienígena o bien un espía chino, en cuyo caso quizás debería dar aviso a la OTAN.
La verdad es que mis encuentros con globos no han sido escasos. Cierta tarde, paseando por el campo, vi venir hacia mí un globo algo enflaquecido empujado por el viento del Oeste y que acabó entre las ramas de una encina. Llegaba de Portugal, tal cual indicaba la publicidad impresa sobre su piel. En otra ocasión, un mediodía de agosto tumbado junto a la piscina, al abrir los ojos y a la altura de la estela que suelen ir dejando los grandes aviones en ruta, observé una maravillosa esfera traslúcida, una especie de medusa aérea fija en el cielo por falta de viento; como entonces no estábamos en una coyuntura de histerismo mediático ni se me ocurrió cavilar que desde Pekín me estaban espiando; aquello era lo que parecía: un globo de alguna estación meteorológica.
¿Estamos hoy en peligro? Creo que sí. Pero no por los globitos que desde los hermanos Montgolfier surcan los cielos del globo terráqueo, sino por la crédula infantilización de nuestro siglo XXI.
Un achacoso presidente de Estados Unidos que derriba con cazas de guerra inocentes aerostatos; unas cadenas televisivas e imperios periodísticos que caen en los mismos vicios que denuncian en las redes sociales (exageraciones, campañas mentirosas, simplificaciones de buenos y malos, ocultamientos perversos…); hasta el jefe de gobierno de Ucrania, empeñado en provocar la tercera guerra mundial, se jacta de haber derribado dos globos sospechosos.
Pobre Occidente. Imagino a los chinos, a los rusos, a los indios, a los iraníes, a los africanos negros partiéndose de risa ante nuestra patética decadencia.





