Desde sus mismos orígenes, en la filosofía de occidente han existido como dos grandes escuelas contantes a lo largo de los siglos: la filosofía propuesta a modo de vida, y el filosofar como pregunta que desmonta lo tenido por evidencia. Platón propuso un modelo para la ciudad y el comportamiento cívico; Sócrates interrogaba y, con sus preguntas, hacía tambalearse creencias muy arraigadas: le costó la vida.
Hoy en España no son escasos los filósofos de altura que nos ofrecen modos de vida y de moral; basta con citar la obra de Fernando Savater, cada vez más inclinada hacia el comportamiento político. Y baste asimismo la figura intelectual de Javier Gomá y su cuarteto sobre la «Ejemplaridad», cuyo último tomo alcanza la excelencia al atreverse a tocar con un lenguaje sencillo, amén de profundo, algo que ningún otro pensador de nuestro tiempo tendría el valor de tratar.
Pero del filosofar como preguntas incómodas, fallecido Gustavo Bueno, sólo me viene a la cabeza para el caso español el nombre de Gabriel Albiac. Descubrir hoy la estulticia del lenguaje común obligatorio es un riesgo que puede llevar a un final socrático.





