Es propio de la derecha consuetudinaria española, cuando gobierna en coyuntura democrática, mostrar desde el poder una supina indiferencia hacia todo lo que represente cualquier manifestación espiritual (no hablo de religión), trabajos intelectuales, proyectos culturales de hondo calado o estrategias precisas sobre tales asuntos. Dicho de otro modo: ignora que no sólo de pan vive el hombre, desconoce la existencia de una guerra cultural y se interesa tan sólo por lo que llama buena política económica. Una asombrosa paradoja: mientras la presunta izquierda materialista no deja pasar la más mínima ocasión de influencia sobre los espíritus, la espirituosa derecha española únicamente piensa en las cosas de comer.
Estos días tiene lugar en Sevilla un pequeño rifirrafe en el mundo académico, si bien aparentemente de escasa trascendencia. A saber: el Gobierno de España acaba de cambiar el nombre a la Escuela de Estudios Hispanoamericanos, una prestigiosa institución de la ciudad al servicio de investigadores americanistas y estudiosos de todos los países que ahora pasa a denominarse Instituto de Historia.
Y sin embargo no es un mero cambio de nombre, porque con él desaparecen conceptos como «Hispanidad» o «Hispánico», términos abominables para quienes abominan de la civilización occidental. A partir de ahora, el centro del rebautizado organismo será la Historia sin mas aditamentos, es decir, todo. Pronto veremos allí estudios y publicaciones apasionantes sobre la nación catalana, la memoria democrática, la nación vasca, los crímenes del pasado español, la pederastia en la Iglesia Católica…
La supuesta izquierda en el poder, asegura que no existe guerra cultural alguna; así, como sin darle importancia, va ocupando cotas y trincheras estratégicas. Nuestra derecha de siempre cree, por el contrario, que tales cosas no son sino entretenimientos propios de eruditos aburridos. Luego se llevan una sorpresa.





