El pasado 28 de marzo, con los primeros días de una primavera sin mascarillas ni confinamientos, fue anunciada la reapertura del Festival de Música de Granada suspendido durante los años del covid. Fue anunciado como el festival de «la Nueva normalidad», una expresión poco afortunada.
La «Nueva normalidad» ha sido un invento gubernativo que en principio no significa nada. Gramaticalmente es una especie de oxímoron, una contradicción en sus términos, porque la normalidad nunca puede ser nueva: la normalidad es lo normal, lo que ha existido siempre; lo nuevo es lo que rompe lo acostumbrado, ruptura que sólo el paso del largo tiempo puede hacerla normal. Pero no se trata de un constructo inocente, sino por el contrario de algo muy meditado y pensado por el poder.
A la gobernanza de los países democráticos le ha tocado la lotería con la pandemia. Pensemos en lo nuevo que nos han traído los años del covid: el fin de las salas de cine; la cita previa para cualquier otra cita (colas y burocracia); el riesgo de ir a la cárcel por negar («negacionismo» dicen) cosas tan opinables como el cambio climático provocado por el hombre… y sobre todo, y aquí está el fondo de la cuestión, nos hemos acostumbrado a ser sumisos a las órdenes del mando; una delicia para gobernantes mediocres.
En España salta a la vista esta nueva realidad con el incremento galopante del intervencionismo gubernativo que va desde el control de las empresas a la vida privada de los ciudadanos. Así, y baste como ejemplo, la recién aprobada Ley de la vivienda que protege la delincuencia «okupa» en perjuicio de la propiedad privada que supuestamente garantiza la Constitución. Felices nuestros señores. Los imagino esperando llenos de ilusión alguna nueva crisis derivada por ejemplo de la guerra contra Rusia. Hace sólo una semana ya se nos anunciaron jubilosamente nuevas austeridades en la UE. Más sumisión y ni un solo grito de protesta.





