La incompetencia, la ignorancia, la mediocridad y un poder político que en nombre de la democracia y la mayoría va suprimiendo una tras otra las libertades democráticas, empezando por la de expresión, son los hitos que marca la amarga coyuntura que sufre España.
Ha sido una constante histórica de los regímenes tiránicos y totalitarios, desde los asirios del mundo antiguo hasta la Unión Soviética y la Alemania nazi, los castigos colectivos: la desobediencia de una persona o de grupos de personas difíciles de controlar era respondida desde el Poder ametrallando un barrio entero, encerrando en un ghetto a toda una etnia, desplazando a millones de personas desde sus hogares al desierto o provocando la hambruna en Ucrania por orden de Stalin para castigar una protesta campesina. Todos castigados, inocentes y culpables.
Sin buscar comparaciones anacrónicas e imposibles parece como si regresara aquella barbarie. Puesto que no hay manera (incompetencia) de evitar las fiestas botelloneras y las concentraciones de personas con cualquier pretexto se nos confina a todos, se nos perimetra, se acaba con nuestros puestos de trabajo, se cierran nuestras empresas.
Pero no hablo de crueldad como la de los reyes asirios o la de Stalin. De lo que se trata ahora por decisión del gobierno es de dar la impresión de que se están tomando medidas salvadoras y ocultar así a los ciudadanos una ineptitud evidente y una ignorancia culpable. La ciencia, no los políticos, ha encontrado la solución: la vacuna. Ahora bien, el sectarismo ideológico y la incapacidad organizativa está impidiendo su rápida difusión. Todos castigados mientras las muertes aumentan.





