Arte es la belleza creada por el hombre. Una mujer hermosa no es arte, es obra de la naturaleza, pero el retrato de esa mujer pintada por un artista excelente puede ser una obra maestra de alta cultura. En ausencia de belleza no hay arte de ninguna clase y sólo tendremos caos, impostura o política. Los dos cipreses gemelos plantados y cuidados por el hombre junto a un muro antiguo de Villa Adriana crecieron enormes con la lluvia y el sol. Pura belleza.
Este año, unas semanas atrás, le ha sido otorgado el Premio Nacional de Artes Plásticas, que concede el Ministerio de Cultura, a Rogelio López Cuenca porque su obra, al decir del jurado, «parte del compromiso con el tiempo histórico»; un latiguillo genuino de la progresía para «poner en valor» la supuesta excelencia de un correligionario.
Es el propio autor que recibe el premio quien intenta aclararnos «(El Mundo», 27-IX-2022) este confuso concepto de compromiso con la Historia. Lo explica así: «Arte como herramienta contra los excesos institucionales y estatales» (…). «En mi obra están presentes la política y el activismo».
¿Y la belleza? ¿Dónde se convoca a la belleza? Sin duda, un cartel militante (y pienso en algunos del Frente Popular y de la Falange durante la Guerra Civil española) puede ser bello y por eso arte. ¿Es el caso que premia este año el Ministerio de Cultura? Más bien suena a propaganda sin más.





