No es que yo lo sepa; no formo parte de su círculo de confianza. Pero me lo huelo. Son demasiados años en el candelabro, como para que no se la vea venir.
Primero, los mimbres, como se viene diciendo desde hace años. Veamos el percal. Susana es animal político; creo que en esto hay un consenso básico. Intuición pura; huele la sangre — en sentido figurado —, y muerde. Claro que, como se está viendo, comete errores, a veces fatales. Pifias que no solo le cuestan los colmillos y las zarpas, sino su lugar en la manada.
Los distintos susanólogos han destacado que comparte materia y forma con la segunda generación de políticos de la democracia, como Pablo Casado, Isabel Díaz Ayuso o el mismo Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Esto es, una crianza dentro del aparato del Partido con una debilidad de su CV o experiencia laboral fuera de los entornos estrictamente políticos. En plata: nada, fuera de lo orgánico (partido), y lo institucional, obtenido gracias a lo orgánico. Comprensible, por tanto el pavor al mundo exterior de lo orgánico y lo institucional. Donde habitamos usted y yo, por ejemplo.
Los susanólogos se esforzaron mucho en una ciencia sin mucho futuro — pero con mucho pasado —: la Protosusanología. O Susana antes de ser Susana. La Susana que todos hemos conocido. Un mundo ignoto, donde se hablaba de una escalada oscura, de codazos y de asesinatos — orgánicos —. Alimento para los amantes de la ficción política. En resumen, la Susana primitiva que explica a la que conocemos, la de la matanza de Ferraz, el uno de octubre de 2016.
Ustedes ya conocen el resto. Me detendré solo en dos pinceladas o tres. El mundo maravilloso de aquella Susana Imperatrix antes de la catástrofe de 2018. Tuve ocasión de verla, con ocasión de la presentación del Anuario Joly 2017, invitado por mi paciente y amigo Manolo del Valle (D.E.P.) en el Palacio Gótico del Alcázar de Sevilla. El entorno adecuado para la Virreina de Andalucía, acompañada de un cortejo a la altura de su dignidad.
En aquel momento, elevaba con su sonrisa y fulminaba con la mirada. De un telefonazo, levantaba a Patricia Botín de su Consejo de Administración y la trataba de «oye, canija, que necesito una línea de crédito…». Dicho y hecho, sin rechistar. No se podía de otro modo, a la dueña absoluta de un Estado dentro del Estado, mayor en extensión, población y producto interior — bruto y per cápita — que algunos países europeos.
De ahí, la desolación viviente aquella noche electoral del 2 de diciembre del 2018. Aquella grieta era inimaginable. Un verdadero imposible. Y los imposibles no pasan.
Esta dramática introducción es necesaria para comprender cómo esta mujer niega la realidad y cualquier trato con ese Ferraz cornudo que no contemple su vuelta al paraíso. Nada de Presidencia del Senado, ministerios floreros, embajadas o destino Europa — ni papa de inglés, por cierto —. Ella es Virreina nata, despojada por un traspiés del destino, y ahí tiene que volver, sí o sí.
«¿Que esa militancia traicionera me niega el cargo de candidata a la Junta…? No hay problema. Ahí aguanto de Secretaria General, como el Alcoyano. Porque el pérfido Pedro Sánchez se empecina con los indultos, y eso es invendible. Ya verás lo leales que son los indepes en la Diada, celebrando el aniversario de su Declaración Unilateral de Independencia, reclamando la vuelta de Puigdemont. La volverán a liar parda, mientras que Bendodo elige el momento para convocar Andaluzas y barre al traidor Espadas (¡yo misma lo coloqué en el Ayuntamiento para descalificar a Celis!). Revalidada una coalición del PP en la Junta… con los fachas de Vox, pateando mis despachos, mis dependencias, mis consejerías…».
«Ahí yo, defendiendo la posición», piensa Susana. «Porque la política es un viento que igual viene que va», parafraseando la antigua sevillana. Y un 39% de la militancia del PSOE-A puede convertirse en un 53% dentro de un año. «Y ahí yo, una vez más, convencidos estos de que solo una candidatura progresista, feminista, de izquierdas, etc, etc… ¡Cómo nos vamos a reír la Botín y yo, cuando la vuelva a llamar a su despacho: «oye, canija, que ya estoy aquí»!





