«También dijo usted que no habría indultos, así que denos tiempo», le espetó ayer, con ese humor cervecero que se gasta, el presidente del Gobierno a un tal Sánchez…
No, no se me hagan los distraídos, que saben perfectamente de lo que hablo. El que firma y figura en el BOE es un tal Sánchez, pero el que toma las decisiones es un tipo llamado Rufián que ha hecho del gimnasio y de la impudicia sus mejores aliados para combatir el engorde propio y el recebo de la presencia de las instituciones del Estado en Cataluña. Le acompaña en sus ejercicios la novia de Belfegor, ex directora de aquel panfleto herriko tabernario que dibujaba las dianas en la nuca de los políticos para que a continuación humearan las pistolas y las bombas de los mercenarios del terror vascuence.
La yihad vasco-catalana lleva desatada demasiados años y a estas alturas hay ya experiencia suficiente para tener certeza de que a cada cesión que hicieron «los hunos y los hotros» (Unamuno) desde la elaboración de la Constitución española, el fin de esa batalla está más lejos, por más que la confrontación pueda crecer o suba la temperatura.
Cada vez que el Estado ganó firmeza, los yihadistas golpearon tal vez con mayor crueldad, pero se deslegitimaban por sí mismos en cada acción y eso les retrocedía. Por el contrario, cada vez que el Estado pasteleó, se puso de perfil o se hizo el sordo dejándoles jugar a sus cositas, el problema se agravó y generó tensiones insostenibles, lo cual no significaba que estuvieran más cerca de sus objetivos, sino todo lo contrario, porque, simplemente, la solución no existe.
Es como si un niño se empeñara en volar como Superman con sólo vestirse con un pijama azul y una capa roja. Podrá lucir el traje y subirse al pretil de la azotea, pero no por ello estará más cerca de remontar el vuelo. Si le prohíbes ambas cosas, tampoco alcanzará su sueño, pero al menos te evitarás el susto y le garantizarás que no se estampe contra el suelo delante de tus narices y con tu anuencia irresponsable.
Quiero decir con ello algo tan viejo que nadie quiere recordarlo, pero que desmenuzó incluso ontológicamente y con lo mejor de su raciocinio el filósofo José Ortega y Gasset en su discurso del 13 de mayo de 1932 ante las Cortes de la República («un discurso doctrinal», lo llamó él) a propósito de este mismo asunto de la aspiración de los identitarios y de los revolucionarios catalanes, los unos con su reaccionarismo etnicista decimonónico y los otros con su afán de destruir el Estado como manera de acceder y retener el poder mediante un ‘putsch’ al estilo de la toma del Palacio de Invierno. Y cabe decir lo mismo y con parecidos mimbres para el País Vasco.
Planteaba Ortega que antes que detenerse en el articulado del proyecto de Estatuto procedía desbrozar una cuestión primordial que consistía en aclarar «cuál es el propósito, la intención con que nos ha sido presentado» y recordaba las palabras previas pronunciadas por Companys de que «Hay que resolver el problema catalán y hay que resolverlo de una vez para siempre, de raíz».
Ante semejante planteamiento, Ortega afirmaba que clavaba los talones en tierra y frenaba en seco el relato discursivo del independentismo, pues «¿qué es eso -se preguntaba retóricamente- de proponernos conminativamente que resolvamos de una vez para siempre y de raíz un problema, sin parar en las mientes de si ese problema, él por sí mismo, es soluble, soluble en esa forma radical y fulminante? ¿Qué diríamos de quien nos obligase sin remisión a resolver de golpe el problema de la cuadratura del círculo? Sencillamente diríamos que, con otras palabras, nos había invitado al suicidio», para enseguida añadir: «Pues bien, señores, yo sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles».
Sánchez, el falso adanista, porque haría falta ser demasiado lerdo para no comprender esto, dice estar decidido a «explorar» esa vía de lo que él llama «concordia, apaciguamiento y diálogo», todas ellas vías a ensayar, sobre todo porque no queda otra, como ya señalaba Ortega, pero esas mismas palabras caben sin necesidad de hacer cesiones, entreguismos ni privilegios a quienes han querido reventar las costuras del Estado y avisan que lo volverán a hacer, porque entonces lo que revela es que todo está al servicio no del entendimiento sino de su mera permanencia personal en el poder..
Dice Sánchez que no habrá referéndum y ya no se lo cree ni Rufián, que lo burrea y lo abochorna en las Cortes y es por ese motivo, porque no le cree, que le continúan sosteniendo en el BOE. Y entonces muchos españoles pensamos que miente o, aún peor, que piensa declarar la autodeterminación por decreto sin someterlo a consulta. Hasta que sale Carmen Calvo (¡nada menos!) y asegura que «el PSOE jamás se saltará la legalidad», lo cual pone la piel de gallina a cualquiera, habida cuenta el rigor intelectual de la dama de los disfraces, mientras que no descarta un referéndum consultivo. ¡Más madera!
He dicho.





