Asistimos estos días al socorrido debate acerca de la prisión permanente revisable, sí o no. Para hacerlo más claro, hablamos de cadena perpetua para pederastas, violadores, terroristas y cabrones varios de variado pelaje con posibilidad de hacer de la perpetuidad algo revisable o lo que es lo mismo, cachondeable. Lo de reinstaurar la pena de muerte es una guerra perdida, salvo para niños aún en sede materna -con tara o sin ella-, solamente por inoportunidad coyuntural o molestia de la madre. También está a la orden del día la eutanasia aplicable a aquellos que están durando mas de la cuenta, esto último según lo decida alguien o el mismo afectado, tanto si está en condiciones de querer quitarse de en medio como si no. Yo propongo desde esta humilde columna una nueva modalidad de administración de la vida por cuenta ajena: el suicidio asistido. Es muy fácil, verán: cuando el Chicle, el Carcaño, Santi Potros, el asesino de Mari Luz u otra alimaña de turno sea declarada culpable por un juez, se le interna en una celda donde tendrá a su disposición toda una serie de elementos con los que poner fin a su atormentada vida. Si el valor que tuvo al cometer su fechoría le flaquea, propongo que sea asistido por un especialista en psicopatías con buena mano para la seducción. Un trasunto al doctor Hannibal Lecter que le irá convenciendo, a base de charlas en tono suave y casi sermonizante, sobre la conveniencia de alcanzar la paz eterna poniendo fin a su desdichada existencia. Como decía antes, en la mazmorra en cuestión, lejos de estar despojado del cinturón, cordones de zapato, cubiertos o cualquier útil que le sirva para el autoexterminio, ha de disponer de potentes barbitúricos, abundantes en cantidad y variedad; una soga con su correspondiente nudo corredizo colgando del techo, enchufes de alto voltaje y cables sin aislar e incluso algún arma corta atada a la pared para uso ‘íntimo y personal». Estoy absolutamente convencido de que, rodeado del ambiente conveniente y debidamente asesorado y estimulado, todos estos elementos desestructurados, víctimas de la sociedad o de lo que sea, podrán acortar su angustiado pasar por este mundo aligerando de paso la costosa carga que supone su manutención con cargo al erario público. Amén de evitarnos que algún juez de alma bondadosa y pensamiento avanzado decida excarcelarlos para su reinserción y consecuente reincidencia.





