A medida que nuestra civilización se desmorona, diríase que el único modo de sobrevivir espiritualmente es refugiarse en el mundo interior. Es triste, ciertamente, renunciar a todo lo que la tecnología y la comunicación modernas parecía prometernos: un panorama vibrante, variadísimo, repleto de cosas de interés, el planeta, la cultura, la información y la enciclopedia todo al alcance de la mano… A un coetáneo se le ofrecía, aparentemente, una vida muchísimo más rica e interesante que a cualquiera de sus antepasados.
¡Cuán distinta es la realidad! El mundo se achica, el horizonte se encoge. Los temas de conversación disminuyen, se reducen a uno solo: el que decidan los grandes medios “informativos”. El mismo chiste nos llega por veinte vías distintas. Hasta en las iglesias (lo que siempre había sido el lugar de alejarse de la moda y mirar a la eternidad), el telediario del día marca el guión.
Hay que refugiarse, sí, en la vida interior. Que se llenará por medio de palabras, no hay otra cosa.
Y aquí es donde hallamos el agravio último, la adulteración de las palabras españolas. Duele más cuando no se trata de deformaciones populares, sino que proceden de “intelectuales”, de los considerados, y a veces incluso autoproclamados, “defensores de la cultura”.
Éstos son los que empiezan a decir “autor” en vez de “escritor” (“Esta noche tenemos con nosotros al autor Fulanito de Tal…”). Cada idioma tiene sus sabor, y en inglés está muy bien calificar a un novelista como “an author”; una vez más, se aprecia lo curioso de cómo de una misma raíz surgen palabras parecidísimas en la forma, pero con matices diferentes. Y justo por aprecio a esos matices, los que se las dan de “personas cultas” por ser conocedoras del inglés, podían caer en la cuenta de que en español alguien puede ser “autor de” tal novela o ensayo… pero se le debe llamar “un escritor” (o novelista o ensayista).
Por esa misma razón (¡oh, saben inglés! Esto parece ser sinónimo de persona culta. Pero, ¿si olvidan su hermoso castellano nativo, se les sigue considerando tales?), los comunicadores, los dirigentes, los que hablan por los medios, tienden a decir: “Fulanito está considerando cerrar el negocio” (por contagio del inglés: “He considers shutting down”). Pero en español no se habla así. Decimos: “Se está planteando cerrar el negocio”. O bien: “Se está planteando otras opciones”, o “está pensando en”. Existe el verbo considerar, pero significa más bien “opinar” o “tener en cuenta”. (“Considera también los inconvenientes” “Mira, yo considero que…”).
Influencia más bien hispanoamericana (aunque últimamente en algunos casos se deba también a las malas traducciones del inglés; “pilgrimage”) es la paulatina desaparición de tan hermosas y expresivas palabras como “petición” y “peregrinación”, cada vez más frecuentemente sustituidas por los barbarismos “pedido” y “peregrinaje”. Lo más irritante es que en el lenguaje hablado aún se dice bien, es en el escrito (¡el que se supone más debía cuidarse!) donde vemos el palabrejo chocante. Un “pedido” en español es una cosa bien definida, un encargo por ejemplo a un supermercado (“¿Ha llegado el pedido?”), nada que ver con la cosa más solemne de “hacer una petición de ayuda”. Y “peregrinación”, bueno, no cabe palabra más bella y rotunda ¿a qué viene deformarla?
Desde las altas esferas llevan años queriéndonos imponer (por suerte parece que aún ese barbarismo al pueblo no le cala… pero tememos lo peor), lo de “un gesto” para hablar de un paso, de una acción. “Este simple gesto ayudará mucho”, se obstinan en decir, refiriéndose a que separemos la basura o a que nos demos un masaje en la cara. Pero, ¿cómo gesto? En español, un gesto indica un movimiento facial o de los brazos; o si no, en sentido figurado, decimos que tal regalo “ha sido un gesto muy bonito”. Bajar la basura, lavarse los dientes, no es un “gesto”. Es una acción, una rutina, es dar un paso (los anuncios dicen “en un solo gesto”, queriendo decir “en un solo paso” en contraposición a lo que antes llevaba varios)… se puede decir de muchos modos. Un “gesto” es lo que no es.
Que la lengua evolucione, y el pueblo llano, que es el que la produce, acabe diciendo una cosa de otra manera, eso no es necesariamente de lamentar. Sí lo es la pedantería, la presunción: que los barbarismos se impongan desde arriba, y por parte de los que creen saber mucho y miran al pueblo por encima. Los pedantes (los que creen que “saber inglés” es como el colmo de la superioridad) son los culpables de que hayamos confundido, ya acaso irreversiblemente, “evidencia” con “pruebas”, y “educación” con “estudios”.
En estos días se habla de guerra, de escasez, hasta de fin del mundo. Si, por desgracia, tan apocalíptico escenario parece hasta verosímil… razón de más y no de menos, para cuidar lo único que no podrán quitarnos: el pensamiento. Y está hecho de palabras.





