Esta frase que una vez se empleó en política puede aplicarse, en toda su expresiva redondez, a la acción de “Los Psicólogos”. No tanto a los profesionales de ese gremio, de cuya buena intención no dudo, sino, digamos, a las corrientes psicológicas que invaden la sociedad.
En las redes sociales, y también en revistas y libros de papel, se oyen cada vez más mensajes que reaccionan contra el optimismo forzoso y la sonrisa obligada que hay que poner en todo momento; contra la tiranía de la alegría porque sí. Se nos aconsejan cosas como: “Date permiso para estar triste”. Tras la muerte de un familiar, o una ruptura sentimental, se nos indica que es sano “pasar un período de duelo”. Y también que “hay que expresar la rabia y el dolor”. Así pues, hemos llegado ya a un hartazgo en eso de tener que verle “el lado positivo” a todo, hasta a los diagnósticos de graves enfermedades.
Lo cual está muy bien. Pero, ¿quién empezó? Sí, ¿quién empezó la quasi religión del optimismo a toda costa? Pues fueron ellos, los Psicólogos.
Una persona sana y normal entendía, sin que se lo explicara nadie, que la vida consta de penas y alegrías, de buenas noticias y de disgustos, lógicamente se alegraba con lo bueno y se entristecía con lo malo.
Pero entonces vino la corriente psicologizante. ¿Dónde? No se sabe de dónde, pero impregnó todas las conversaciones, todo el tono de la vida. Hablabas con una mujer recién abandonada por su marido, y te aseguraba que se encontraba estupenda, mejor que nunca, que no pasaba nada. Todos nos encontramos muy bien, muy bien. ¿Hay enfermedades, fracasos, rupturas de amores? Son oportunidades, oh, qué bien me encuentro.
El ejemplo más abrumador de la prohibición social de expresar tristeza es la vieja institución del luto, del que podríamos decir que su noción misma nos llega desde la ridiculización. Tan es así, que en una sala de tanatorio es menos probable ver a alguien vestido de negro que en cualquier otro lugar (porque hasta a la feria se va de negro, pero a un tanatorio nunca, no vayamos a hacer el ridículo). El luto es atacado con virulencia especial, se le considera hasta sinónimo de hipocresía (?).
Y después de unos años así, ahora los últimos grandes avances en Psicología, avalados, claro, por las más prestigiosas Universidades, y tras muchas investigaciones, nos dicen que el forzar tanto optimismo no es bueno; y la novedad en revistas y redes sociales en el consejo de: “Date permiso para estar triste” Y: “Tras una pérdida hay que pasar un período de duelo”. Esto último no se refiere sólo a una pérdida por fallecimiento, aunque también. Quiere decir que después de un gran disgusto o ruptura no es lo más aconsejable el salir de fiesta en el acto (como a ellos mismos, los Psicólogos, les dio, contra toda lógica, por recomendar), sino que se ha descubierto, tras muchos estudios, que es más sano el dejar pasar un período tranquilo esperando a digerir el dolor. Es decir, la denostada y ridiculizada palabra, “duelo”, ahora resulta que la inventan ellos.
Pues sí, ahora les doy la razón. Pero podían haber dejado a la gente tranquila, y haberse ahorrado tantos análisis y experimentos e investigaciones, ya que antes de que los Psicólogos aparecieran, todo el mundo sabía que teníamos permiso para llorar.





