Pocas profesiones se nos presentan con una disponibilidad total para estar a nuestro servicio como la de soldado, aún en las condiciones más adversas. Las Fuerzas Armadas han estado y siguen estando ahí en la lucha contra el virus: rastrean con 7.500 efectivos la estela de los contagios (operación Baluarte), desinfectan residencias de ancianos y edificios públicos, evacúan, atienden a enfermos, y, llegado el caso, les dan sepultura a los fallecidos.
Ya los habíamos visto anteriormente poniendo diques en las inundaciones, repartiendo agua y alimentos, pero ha sido la operación Balmis (nombre derivado del médico y cirujano militar nacido en Alicante en 1753, honorario de la corte del rey Carlos IV que encabezó la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna en 1803 por toda América del Sur) contra la COVID-19, la que le ha dado más visibilidad a las Fuerzas Armadas, y ha sido todo un ejemplo de entrega al que le debemos estar agradecidos todos los españoles.
Fueron ellos los que en un vuelo de sesenta horas, nos trajeron test rápidos desde Shangai (China) en aviones de transporte A400M, vía Ekaterimburgo (Rusia asiática) y regreso por Novosibirrsk (Siberia) y Riga (Letonia), por espacios aéreos semivacíos, durmiendo en la bodega, en sacos sobre camillas; eran soldados los que en el palacio de hielo de Madrid, antes paradigma del ocio urbano en pleno distrito de Hortaleza y luego morgue multitudinaria, rezaron el último responso por muchos fallecidos; han sido ellos los que con pico y pala han retirado el hielo de nuestras calles al paso de la borrasca Filomena en noches de hasta doce grados bajo cero, los mismos que arrojaban miles de litros sobre los incendios devastadores de los últimos veranos
Para ellos no existen las fronteras autonómicas, operan en todo el territorio nacional y lo hacen siguiendo las instrucciones y los sistemas que les marcan las autoridades autonómicas de cada zona, adaptándose a los estilos y circunstancias de cada lugar de nuestra geografía.
Hubo un tiempo en que se identificaba el servicio de los militares que actuaban en catástrofes y calamidades con la UME (Unidad Militar de Emergencias), pero hay también otras unidades militares en situaciones excepcionales donde las autoridades civiles se ven superadas, y los ciudadanos que se benefician de ello los ven con agradecimiento, porque, en general, son eficaces, se movilizan con rapidez, actúan con diligencia y muestran, por la vía de los hechos, su vocación de servicio.
Se mueven antes de que surja la alarma, están preparados como un instrumento del Estado para la defensa de los ciudadanos y se encuentran siempre en disposición de ser empleados. No cabe duda de que las misiones internacionales que desde hace décadas lleva a cabo nuestro ejército, le han dotado de una agilidad operativa de la que hubieran carecido de no haber puesto en práctica sus habilidades, y que han hecho que se puedan realizar operaciones donde han participado las dotaciones de tierra, mar y aire gracias a la coordinación que facilita el Mando de Operaciones (MOPS) con sede en la Base de Retamares, en Pozuelo de Alarcón (Madrid)
Me entristece ver como para algunos el ejército viene a ser una institución anacrónica, construida en torno a valores del pasado y orientada a una labor, la guerra, evitable y odiosa, pero somos cada vez más los que vemos en ella un ejemplo de utilidad pública además de un baluarte para la defensa del país, no solo contra la amenaza tradicional de un enemigo armado, sino frente a cualquier acontecimiento que comprometa su presente y su futuro.
La suspensión del servicio militar obligatorio dio paso a una mayor profesionalización del ejército, pero también ha privado a muchos jóvenes de algunas vivencias que les hubieran servido, de haberlas tenido, para madurar en determinadas esferas, como la convivencia con coetáneos de otras latitudes, el valor de la disciplina, o el conocimiento de uno mismo cuando debes afrontar situaciones en las que no tienes cerca a tu familia o amigos.
Y es que con sus luces y sus sombras (el tema daría para una extensión que sobrepasa la de este artículo), con la perspectiva que dan los años y viendo cómo está el patio, no son pocas las voces que invitan a un debate sobre la conveniencia de un período de prestación de servicios en el ejército u otra actividad, para los objetores, a una determinada edad. De hacerlo, España, que lo abolió en 2001, no sería una excepción en Europa; ni siquiera entre los países miembros de la UE. Tampoco sería una excepción su reimplantación, una medida que han tomado otros, como Suecia y Lituania.
Finalmente, sirvan estas líneas como un modesto homenaje a todos aquellos que han entregado su vida en acto de servicio y, por cierto, ante el reciente aniversario del 23-F del que se han cumplido cuarenta años, nadie en sus cabales podría hoy afirmar que existan restos de voluntad golpista en la milicia de nuestro país, que, a diferencia de otras instituciones, ha sabido demostrar un admirable sentido de respeto y apoyo a nuestra estructura constitucional y a los valores que propugna y encierra.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Amigo Alberto, aquí me has tocado la fibra sensible. Como frustrado militar de hecho que quise haber sido, pero no de vocación y convicción, te agradezco tus palabras y tu homenaje al soldado español, resaltando la realidad actual de sus funciones y actividades, que sobrepasan con mucho a la mera preparación para la guerra. A pesar de que haya quien aún lo considera una institución del pasado, la mayoría de nosotros los ven exactamente tal y como tú los has descrito. Realmente da para mucho el debate del servicio militar obligatorio. Quizá un modelo mixto, no exactamente igual al que conocimos nosotros fuera más ajustado a los tiempos que vivimos. Permíteme acompañar tu texto con unos versos calderonianos, auténtico credo para aquellos que de verdad lo sentimos y apreciamos: Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.