En la zarzuela “La verbena de la paloma” (1894), el personaje de Don Sebastián le dice a Don Hilarión: «Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad», refiriéndose con ironía a los rápidos e increíbles inventos de finales del siglo XIX. Con el paso del tiempo, se ha mezclado y modificado la expresión en el habla cotidiana como «los tiempos avanzan que es una barbaridad», para señalar lo rápido que evoluciona la sociedad, la tecnología o la vida moderna.
Por otra parte, el sociólogo estadounidense Joseph Overton explicaba a mediados de los noventa del pasado siglo cómo algunas ideas que son en un momento dado impensables o tabú, pueden volverse aceptables cuando escribió acerca de su famosa “Ventana de Overton”, donde sostenía que una idea totalmente rechazada por la sociedad se introduce en el debate público bajo el principio de la libertad de expresión. Seguidamente lo impensable se califica de radical, cambiando el lenguaje y creando eufemismos para justificar que no es tan mala en determinadas circunstancias; la sociedad empieza a tolerarla con el argumento de considerarlo como una postura respetable, y quienes se oponen empiezan a ser vistos como intolerantes o anticuados. Cuando celebridades, creadores de contenido y figuras públicas acogen esa opción como suya, la convierten en una moda, y una gran parte de la sociedad la acepta para no quedar excluida. Los políticos, al ver que la idea tiene el respaldo de la mayoría, aprueban leyes basadas en ese nuevo consenso social.
Podría citar varios ejemplos, como los casos del aborto o la eutanasia, pero hoy quiero hablarles del llamado social freezing (congelación social de óvulos), que es la crioconservación preventiva de óvulos no fecundados que una mujer realiza por motivos personales, laborales o sociales —y no por razones médicas— para retrasar la maternidad y utilizarlos más adelante mediante fecundación in vitro.
Desde octubre de 2014, empresas como Facebook, Google y Apple comenzaron a financiar la congelación de óvulos de sus empleadas para favorecer su desarrollo profesional, con la finalidad de que el factor biológico que condiciona la fertilidad pudiera quedar temporalmente neutralizado mediante el retraso de la maternidad, y así atraer, promocionar y retener el talento femenino dentro de sus organizaciones (en nuestro país se ha hecho pública esta postura en la Real Federación Española de Fútbol con sus jugadoras).
La extensión de este nuevo sistema de control reproductivo no está exento de problemas médicos, sociales y éticos. Entre los primeros destaco la falsa sensación de seguridad y tasa real de éxito (la vitrificación no garantiza un recién nacido vivo); riesgos del procedimiento de extracción (aunque es una técnica segura en la mayoría de los casos, la estimulación ovárica conlleva el riesgo de síndrome de hiperestimulación ovárica (SHO) hemorragias pélvicas o infecciones asociadas a la punción folicular, complicaciones obstétricas de la maternidad tardía y la baja tasa de utilización posterior (diversos estudios longitudinales indican que solo entre un 10% y un 20% de las mujeres regresan a descongelar sus ovocitos).
Entre los problemas sociales y estructurales señalo la brecha socioeconómica y desigualdad de acceso (en la mayoría de los sistemas públicos de salud, la preservación ovárica solo se financia por motivos médicos estrictos, restringiendo esta opción a mujeres de niveles de renta medios – altos); parche biomédico a deficiencias estructurales, pues lejos de ser una simple elección personal, suele ser una respuesta a la precariedad laboral, la falta de conciliación familiar, el coste de la vivienda o la ausencia de una pareja con quien compartir un proyecto de crianza estable, y, finalmente, la presión corporativa («beneficio laboral») de empresas tecnológicas y multinacionales que han incorporado el subsidio del social freezing a sus paquetes de beneficios, lo que representa un mensaje sutil: tu empresa espera que priorices la carrera profesional durante los años fértiles, postergando la maternidad en favor de la productividad.
Por último, y no menos importantes, están los dilemas éticos y bioéticos: consentimiento informado y sesgos comerciales (gran parte de la información pública procede de clínicas de fertilidad privadas con intereses comerciales directos); destino de los ovocitos no utilizados (¿qué ocurre con los gametos almacenados cuando la mujer decide no utilizarlos, fallece o deja de abonar las cuotas de custodia?); bienestar del futuro menor (brecha generacional entre progenitores e hijos cuando la gestación ocurre en edades muy avanzadas, cercanas o superiores a los 50 años, evaluando la disponibilidad de cuidados a largo plazo y la probabilidad de orfandad temprana), y, por último, fijación de los límites de edad para la implantación (existe disparidad de criterios éticos y legales sobre la edad límite para transferir embriones procedentes de estos ovocitos, habitualmente fijada por consenso deontológico o legal entre los 50 y los 55 años).
Soy partidario de difundir el baby – friendly, expresión que se utiliza para describir lugares, productos o iniciativas adaptados y pensados para recibir, facilitar y respetar la presencia y las necesidades de los bebés y sus familias, un sello de calidad responsabilidad social corporativa para empresas comprometidas con políticas reales de conciliación familiar, haciendo compatibles maternidad, paternidad y empleo, y fomentando la natalidad como fuente principal de desarrollo de un país. Una civilización que protege la productividad sacrificando la maternidad, acaba descubriendo demasiado tarde que también ha sacrificado su futuro.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





