Si a quienes nos formaron en la doctrina cristiana en el pasado siglo, nos hubiesen anticipado el contenido dominante de muchos de los mensajes propagados por la actual jerarquía eclesiástica y el silencio sobre otros, hubiéramos pensado que era una falsedad contra la Iglesia como depositaria de un Magisterio bimilenario.
Como sucede, por ejemplo, respecto al matrimonio; que la Iglesia nos enseñaba que, tanto el religioso como el civil, eran indisolubles por Derecho Natural; pero que, desde la generalización del divorcio civil se transformó en una cuestión progresivamente incómoda y soslayada en las voces eclesiásticas. ¿Pero acaso este tema afecta fuera del ámbito de la Iglesia?
Pues mucho más de lo que se piensa en nuestra creciente sociedad no creyente, donde resultan innegables los graves daños personales, familiares y sociales que la descomposición del matrimonio y la familia han ido produciendo en la estructura básica de un edificio progresivamente debilitado, como es el de la civilización cristiana occidental que, se quiera o no, sigue siendo la nuestra. Mas como señalar este mal no es hoy políticamente correcto, casi todos callan; dejando prácticamente sola a la Iglesia, que no debería temer por resultar molesta al advertirlo, ya que su misión nunca fue quedar bien ante el mundo.
Sin las diferentes voces de la Iglesia denunciando este daño, perdemos la posibilidad de recuperar la muy degradada institución matrimonial, rescatándola del actual contrato basura del todo vale, a que la hemos rebajado.





