Sobrecarga descriptivo-explicativa-comentarista, abrumador aluvión de exclamaciones, elogios, declaración de emociones inmensas… así transcurren nuestras fiestas y eventos.
Esto no parece molestar a nadie. Aumenta la popularidad de eventos y ceremonias retransmitidos con toda suerte de explicaciones simultáneas, y se oye frecuentemente comentar: “Pues me entero mejor ahora” (es decir, que “se entera” mejor viendo una procesión “por la tele” que al natural). Y además, así estas cosas “se difunden, llegan a todo el mundo”… En fin, el acuerdo que aplaude estas retransmisiones hiperdescriptivas parece ser general.
Así pues, habrá que resignarse a ser impopulares, al sugerir: Pues muy bien. Pero, ¿no pierde algo una ceremonia o un espectáculo – y podíamos ampliarlo a una obra de arte, y a tantas cosas- cuando por sí misma apenas dice nada, cuando una mayoría de personas ya sólo es capaz de apreciarla si viene con el incesante comentario explicativo-descriptivo?
Una ceremonia y un espectáculo (que son por cierto dos cosas muy distintas, pero no será herético reconocer que algo sí tienen en común: el ser eventos con un público, público que con su sola presencia ya participa en el evento de manera viva y eficaz, con un pathos, durante los cuales sucede algo único y que despierta emoción…) son grandes realidades humanas por sí mismas. Requieren un tiempo, unos silencios, unos ritos. Suceden en el tiempo, tienen un principio y un final. El empeño en ir explicando todos sus detalles simultáneamente… pues les roba solemnidad y emoción. Más vale no “entender” algo, o no fijarse en un detalle, pero captar y vivir la emoción del conjunto del evento, que el estar recibiendo un chorro informativo incesante a la vez que acaecen las cosas. Cuando se da esto último, pues sí, muchos se complacen en que “han aprendido un montón” (lo cual se hubiera podido hacer en otro momento), cual si hubieran visto un documental… pero la ceremonia (o incluso el espectáculo) habrán perdido su vigor. Su esencia era el captarla sin necesidad de explicaciones; captar mucho o poco, pero de manera personal y auténtica. Ya de entrada pierden mucho, muchísimo, inconmensurablemente muchísimo, con el hecho mismo de la retransmisión (punto del que nunca se habla, dado el mantra vigente de “hay que retransmitirlo todo”. Algún día se caerá en la cuenta de que no es así). Pero con el añadido del soniquete descriptivo informativo, pues directamente se convierten en otra cosa; que puede ser entretenida (sin duda debe serlo, a tenor de cómo proliferan) pero que ya no es ni ceremonia ni tan siquiera espectáculo.
¿A qué se asemejan entonces? ¿A un documental? Pues ni siquiera, porque ello implicaría cierta seriedad. Y el actual modo de retransmitir los eventos está por ende invadido, no ya de miles de explicaciones y descripciones a deshora (que, aunque le quiten esencia, todavía informan de algo), sino de infinidad de comentarios de una banalidad que tendría que espantarnos, ahí en medio de los acontecimientos más solemnes, pero que es nuestro pan de cada día.
“Vamos a preguntarle a esta acólita si está cansada” “Qué bonito, qué bonito, qué bonitoooo”, han sido frases habituales en diversas emisoras o canales durante la pasada Semana Santa. Sí, preguntarle cómo se encuentran a nazarenos o acólitos en plena estación de penitencia. Pues, “¡Qué bonito, qué bonito!”. El caso es no parar de hablar.
Claro que esto ya se daba en todos los ámbitos. En algunos, al no seguirlos mucho, no le dedicamos ni atención a este fenómeno; pero, pensándolo, ¿es lógico eso de ponerle el micrófono a un futbolista que acaba de marcar un gol para preguntarle “¿qué siente?”. Pues, ¿qué va a sentir? En fin, ya se sabía, todo el mundo creo que acepta, que esa es una costumbre absurda pero inocua, pero pensaríamos, ¿qué más da? Da lucimiento a algunos periodistas más, sin que parezca perjudicar a nadie.
La cuestión es que ahora sí creemos que perjudica, y mucho. Perjudica, porque destroza la esencia de las cosas. Perjudica porque, incluso estando en la ceremonia o procesión o evento en vivo y en directo, pues la presencia de cámaras y micrófonos, ostentosa, prepotente, banalizadora, pues rompe con el pathos no ya en la retransmisión, sino en la pura realidad. Acaba con algo humano y valioso.
En la apoteósica corrida de toros del pasado Domingo de Resurrección, mientras un torero daba la vuelta al ruedo con su trofeo en la mano, los asistentes podían ver cómo una periodista, micrófono en mano, se acercaba por el callejón al torero que acababa de dar esa misma vuelta unos minutos antes, para entrevistarlo; y matador y periodista charlaron amigablemente (es de presumir que estarían con el consabido “¿cómo se siente?”). No vamos a sufrir por la falta de cortesía hacia el que daba la vuelta en ese momento, pues ¿quién espera ya de nadie cortesía…? Hablamos del punto de vista del espectador, del que está allí para contemplar algo. Si en pleno desarrollo de ese espectáculo que muchos han calificado de ceremonia, si a la misma vez el espectador que se ha molestado en acudir en vivo, está condenado a ver y escuchar la banalidad del “cómo se siente”… ¿dónde queda el pathos? ¿Dónde queda la percepción de algo con su grandeza, con su emoción, con su principio y final, sus silencios…? A la salida, tiempo habrá para comentar.
Pocos estarán de acuerdo con esta protesta. Estamos ya tan habituados al soniquete de “declaraciones” de los protagonistas de cualquier cosa totalmente a destiempo que ya lo vemos normal. Estamos tan habituados a haber perdido el sentido profundo de las ceremonias y de los espectáculos que ni lo echamos de menos.
Sobrecarga informativa, y sobre todo, sobrecarga de parloteo incesante, de comentarios, de comentar lo obvio y re obvio una y otra vez, y de nuevo más, y “¿cómo te sientes”, y “nazarenito, ¿estás cansado?”.
Y mientras más se pierde y diluye la emoción de participar realmente en algo, en algo que sucede y ocurre y es real… pues más se oyen los elogios encomiásticos, y las alabanzas incesantes, y los “qué bonito, qué bonito”…
Pero todos muy contentos, muy satisfechos. El incesante soniquete parece molestar a pocos. Debe tener algo de grato, de cómodo, eso de vivir sin emociones profundas pero oyendo hablar de emociones a todas horas. Lope de Vega lo expresó con la máxima economía de medios:
“Manda Amor en su fatiga/ que se sienta y no se diga/ pero a mí más me contenta/ que se diga y no se sienta”.





