Lo sucedido con el gran apagón reciente en la península ibérica ha sido, sin duda, un hecho sin precedentes. “Es algo que nunca había pasado y nunca debería haber pasado”, dicen muchos, y con razón. Porque más allá de las cifras, los informes técnicos o las versiones oficiales que aún tratan de explicar lo ocurrido, lo cierto es que de un momento a otro nos vimos envueltos en una oscuridad repentina, que trastocó rutinas, generó desconcierto y sembró incertidumbre.
Algunos, con cierta ironía teñida de humor, se aventuraron a decir: “¡Váyase la luz!”, parodiando la bíblica invocación “¡Hágase la luz!”, como si se tratase de un acto divino invertido. Y es que, en medio de la confusión, no faltaron interpretaciones más profundas o incluso místicas. Para quienes se mueven en el terreno de lo espiritual, este tipo de fenómenos no pasa desapercibido. Hay quienes han vinculado lo ocurrido con lo que en círculos religiosos y marianos se conoce como “El Aviso” o “la iluminación de la conciencia”, una experiencia profetizada en las apariciones de Garabandal, en Cantabria, durante los años 60.
Según estas revelaciones, el mundo vivirá un momento de confrontación interna en el que cada alma verá su estado espiritual como Dios lo ve, una especie de juicio personal y fugaz que antecederá a un milagro evidente y, más adelante, a un castigo condicionado al arrepentimiento. Todo esto vendría acompañado de un fenómeno cósmico de gran magnitud, que afectaría incluso las leyes naturales tal como las conocemos. Quienes siguen estos mensajes, y son muchos —como puede verse en canales de YouTube como Semillas de Fe, Mundo Católico o Escatología – Antonio Yagüe—, han visto en el apagón una suerte de “aviso del Aviso”, una advertencia anticipada, un ensayo, una llamada de atención desde lo alto.
Más allá de la connotación espiritual, es curioso que algunas explicaciones científicas propuestas sobre el Aviso se asemejen a escenarios como el que podría haber provocado un apagón global. Entre ellas, se encuentra la hipótesis del colapso temporal del campo electromagnético terrestre, asociado al fenómeno geológico conocido como “inversión de polos”. Este cambio en la polaridad magnética del planeta ha ocurrido en varias ocasiones en la historia geológica de la Tierra, y aunque se da de manera gradual, algunos investigadores no descartan que eventos electromagnéticos repentinos pudieran acompañarlo.
Si en algún momento la Tierra quedara, aunque sea brevemente, sin su campo magnético — ese escudo invisible que nos protege de las radiaciones solares—, los vientos solares podrían impactar directamente contra la superficie terrestre. Al no estar contrarrestadas, estas ráfagas podrían inducir campos electromagnéticos capaces de generar corrientes eléctricas masivas en las infraestructuras tecnológicas. El resultado sería un cortocircuito global, un gran apagón que haría saltar los sistemas de protección de la mayoría de los dispositivos electrónicos del planeta. Es decir: el mundo en silencio, a oscuras, desconectado.
No es un argumento de ciencia ficción: diversos estudios, incluidos informes de la NASA y agencias de seguridad eléctrica, advierten del riesgo de una tormenta solar de gran intensidad.
Aunque poco probable, no es imposible. Y cuando lo improbable se mezcla con lo inesperado —como ha sido este apagón—, se abre la puerta a la reflexión.
Volviendo a lo inmediato, lo que nos convoca ahora es el análisis del apagón en sí. Lo negativo, por supuesto, salta a la vista: una imprevisión flagrante, la falta de información clara sobre su origen, las pérdidas económicas cuantiosas, la interrupción de servicios esenciales, y sobre todo, una creciente sensación de vulnerabilidad tecnológica. A nadie escapa que hoy dependemos absolutamente de la electricidad para casi todo. Y cuando esta desaparece, aunque sea por unas horas, nos sentimos como en otro siglo, y no precisamente en uno mejor.
Pero quizás —y sólo quizás— convenga que nos demos la oportunidad de mirar también el lado luminoso de esta oscuridad. No porque sea ingenuo, sino porque a veces los acontecimientos más negativos pueden contener semillas de enseñanza, de comunión, incluso de esperanza.
Uno de los primeros aspectos positivos que podríamos rescatar del apagón es la idea de unidad que, paradójicamente, generó. En tiempos en que la fragmentación política, territorial y emocional parece instalarse como norma, el apagón nos recordó —aunque fuera desde el desconcierto— que compartimos un mismo sistema, una misma red, una misma fragilidad. Españoles y portugueses fuimos uno, no por un proyecto común, sino por una caída común. Y eso, aunque no es ideal, puede tener su valor simbólico: la adversidad une.
Más aún, dentro de nuestras fronteras, muchas comunidades, barrios y familias vivieron algo inusual: el encuentro. La caída de internet, del suministro eléctrico y de las comodidades modernas nos obligó a conversar cara a cara, a buscar velas, a reírnos del susto, a mirar por la ventana y ver si al vecino le pasaba lo mismo. Hubo solidaridad, hubo humanidad, como tantas veces ocurre cuando la rutina se interrumpe bruscamente. Algo similar sucedió durante la DANA que azotó a Valencia: en medio del desastre, emergió lo mejor de muchas personas.
Desde una perspectiva espiritual, el apagón puede haber servido como un espejo. No solo por lo que podría significar si fuera —como algunos creen— una especie de ensayo del “Aviso”, sino porque nos confronta con nuestras propias sombras: nuestra dependencia, nuestra falta de previsión, nuestras prioridades. ¿Estamos preparados para vivir sin electricidad siquiera un día? ¿Qué lugar ocupa lo esencial cuando todo lo superficial se apaga?
Este hecho, con toda su gravedad, también puede habernos servido de simulacro. Si no fue un ciberataque —como algunos especulan—, bien podría haberlo sido. Y si lo fue, deberíamos estar alerta. Porque en un mundo cada vez más interconectado, los puntos de falla se multiplican. De allí que muchos se hayan planteado, a raíz de lo sucedido, prepararse mejor: adquirir kits de emergencia, instalar generadores, valorar las fuentes renovables como paneles solares o pequeños aerogeneradores domésticos. No se trata de vivir con miedo, sino de vivir con conciencia.
Y quizá no sea casual que este apagón se haya producido precisamente en dos naciones con una gran relevancia espiritual en el contexto del mensaje mariano contemporáneo. En Portugal, Fátima. En España, Garabandal. Dos lugares separados por fronteras pero unidos por una tradición de apariciones, mensajes proféticos y llamadas a la conversión que han marcado la espiritualidad de millones. Que el apagón haya afectado precisamente a estos dos pueblos no deja de ser, para los creyentes, al menos simbólicamente, un dato revelador.
En el fondo, el apagón nos recuerda algo muy simple, pero profundamente olvidado: que no lo controlamos todo. Que la luz que damos por sentada puede desaparecer. Que en medio del siglo XXI, aún podemos sentirnos tan vulnerables como en el XVIII. Y que quizás, sólo quizás, esos momentos de oscuridad nos sirvan para reenfocar, para redescubrir, para replantear.
Algunos seguirán pensando que fue sólo un fallo técnico. Otros, que se trató de un ensayo de algo más. Y otros, que fue una advertencia divina. En cualquier caso, lo cierto es que nos afectó a todos, y que nos dejó pensando. La oscuridad no sólo apaga luces: también enciende preguntas.
Y tal vez esa sea su función más valiosa.





