Cuando se frecuentan otras zonas después de haber vivido mucho tiempo en el casco antiguo de la ciudad, sorprende a veces que, aun hallándonos en calles que no pueden calificarse de históricas ni de monumentales, calles donde sólo hay bloques de pisos con viviendas pues experimentamos… ¿cómo expresarlo?, una sensación estética peculiar.
Es decir: un profano pensaría que transitando por calles compuestas únicamente de bloques de pisos (expresión esta por cierto, “bloque de pisos” que a menudo se emplea arbitrariamente como sinónimo de algo feo y vulgar), pues una persona amante del arte, la belleza, la armonía, y por ende con debilidad hacia las ciudades históricas de la vieja Europa, podía sentirse visualmente no muy complacida. Y curiosamente, no es el caso.
No se experimenta ciertamente el placer de contemplar portadas góticas ni revestimientos barrocos, el inefable privilegio de poder mirar piedras que fueron miradas por antepasados nuestros de hace siglos y siglos, algo que los habitantes del Nuevo Mundo aprecian casi incrédulos… Pero sin embargo estamos libres de insultos visuales, de la prepotencia de quien quiere reinterpretar los monumentos históricos insertándolos en una fealdad buscada bajo el nombre de “modernidad”, y atiborrándolos de paneles interpretativos, y de kioscos inútiles y gigantes que tapan las perspectivas urbanas, y llenándolos de “códigos QR” para descargarse información… Digamos que pasear a veces fuera del centro produce una sensación estética apacible y a menudo placentera.
En general, los bloques de viviendas de los barrios no persiguen un impacto visual provocativo. Son construcciones en las que prevalece el sentido práctico. No poseerán una belleza como para que un turista las contemple, ni es su intención. Pero no hay –y eso ya es de agradecer- una voluntad de fealdad deliberada. Parecen decir: se necesitaban viviendas, pues lo hemos hecho lo mejor posible.
Vemos bloques de pisos de los años sesenta, los que podrían llamarse “del primer desarrollismo”. Luego otros posteriores, en los que se aprecian intentos de mayor armonía, dentro del nuevo estilo, que ya no puede ser el típico sevillano. Y la armonía es posible, sí, en un edificio de muchas viviendas. Vemos por ejemplo una serie de bloques idénticos en la Ronda de Triana, unas construcciones que parecen tener unos treinta años. ¿Cómo huir de la monotonía, de la impronta como soviética que amenazaría semejante proyecto? Pues, con esfuerzo y “rectitud de intención” se consigue. Hay en los balcones, en la disposición de los bloques, en el color, una cierta gracia que los hace soportables a la vista. No van buscando que un turista los fotografíe; pero sí una razonable calidad de vida, en lo estético, para los que allí residan y para los transeúntes.
Es de agradecer, insisto, esa intención honrada. Porque lo habitual, y especialmente en el centro de la ciudad, ha solido ser lo siguiente: ya que no procede, ni sería práctico (ni a lo mejor sabrían hacerlo aunque quisieran) una imitación de las típicas casas sevillanas con patio y balcones, pues, ¡hala!, hagamos el feísmo horroroso, tan facilón como desafiante, para destrozar la armonía del entorno y ponernos así la etiqueta de rompedores y valientes (como si el romper la estética fuera difícil, eso lo hace el primer grafittero). La fealdad deliberada es la tónica de muchos arquitectos pretenciosos si operan en el casco histórico. Ciertamente, algo horroroso atraerá la mirada, eso es seguro.
Resulta inesperadamente placentero, por novedoso, el caminar por vías urbanas llenas de viviendas que no pretenden destacar por nada especial, que se construyeron para que allí vivieran personas –algo tan elemental y a la vez tan espléndido; calles en suma, en donde no vemos asomos de fealdad deliberada.
Por otra parte, un gran bloque de pisos, ese producto del siglo XX, si se le contempla bien resulta algo extrañamente conmovedor. Ese anonimato de decenas, a veces casi cientos de viviendas, por fuera exactamente iguales, pero en cuyo interior se albergarán personas, familias, objetos tan distintos… Antaño, los millonarios construían mansiones de vistosas fachadas; hoy día, prefieren más bien ocultarse, por aquello de la seguridad y la discreción, tras altos muros. Pues, ¿qué mayor discreción que la de un bloque de pisos – al alcance de muchas más personas?
Cuando la ciudad se encuentra con un descampado en pleno centro (antaño el Prado de San Sebastián, luego la plaza de la Encarnación), el Ayuntamiento, sin saber qué hacer, convoca “concursos de ideas” (paupérrimo hay que ser para carecer hasta de eso, de ideas). Se proponen barbaries diversas, monstruosidades… De repente, nos encontramos con un espacio llovido del cielo, con lo escasísimo y valioso que es el espacio urbano, y luego resulta que no se nos ocurre qué hacer con él.
Con lo de la Encarnación, una ingenua insinuó: “¿Y por qué no se construyen casas… viviendas que sean bonitas y a juego con el entorno?”. Excuso decir la sorna, la burla con que tan “disparatada” sugerencia fue recibida.
Es curioso realmente. En una ciudad, el concepto de construir moradas para que vivan las personas por lo visto resulta algo vulgar, de mal gusto, impropio de un espacio señero y emblemático. Misterios de la civilización…





