España, una vez más, lo ha vuelto a hacer. Arranca con el starter rumbo a la nueva normalidad.
¡España es un país grande! Un país que las tortas las moja en leche, ¡y se las zampa para merendar! ¡Qué narices! ¡España es, en sí, la leche! Nos hemos reído a pesar de estar de arresto domiciliario; hemos tenido dos pares y hemos hecho una clausura que ni los cartujos; nos hemos reinventado para no caer en la desesperación; nos hemos sobrepuesto a las vicisitudes pandémicas; nos hemos telematizado, somos i-ciudadanos; hemos pasado fase tras fase y ya vamos camino de la gran final. Salimos a la calle ávidos por reactivar el comercio local y ahora, con renovadas ilusiones, aún miramos con ansias los meses estivales para reactivar, además, el turismo. Y todo, a pesar del gobierno. ¡Pero es que hasta al Gobierno vamos a sacarle tajada! ¡Hasta mil eurazos si se tercia!
Hemos creado un himno gracias al Dúo Dinámico, y ahora vamos a crear un estilo gracias al doctor Simón: el Simón style. Camisetas, bandoleras, bolsos, toallas, llaveros, gorras y, cómo no, rebecas. Un merchandaising para destinar, verbi gratia del ínclito doctor, a oenegés. Y es que el doctorcito se lo merece todo. Su gestión, intachable; sus directrices, inapelables; su profesionalidad, incuestionable; su humanidad y su simpatía, un hálito de aire fresco en el ambiente viral de estos tres meses pasados. Etiquetas en las redes para apoyarle ante la feroz mordida de la ultraderecha española, mensajes de ánimo… Es el Simón way of life. El Simón time. El SimónLivesMatter.
Lo hemos vuelto a hacer, sí. La nueva normalidad está en marcha y muchos se suben a ella felices y ebrios de un raro optimismo. Fernando Simón, tiene bajo su responsabilidad cuarenta y muchos miles de fallecidos, según el INE; la responsabilidad, desde el principio, del donde dije digo digo Diego y con ello crear confusión al personal, aquí y acullá. Simón debió ser el faro, y no ha sido más que la niebla. Simón, ha creado el simonismo como bien citó, y se declaró, en un tuit Javier Ruibal; y como Ruibal otros tantos que se dejan manejar por las ideas más que por la realidad vivida —ya dije una vez que lo pasado, depende del lado en el que se haya sufrido, ha sido una anécdota o algo terrible—.
El simonismo es la apología de la desfachatez, de la imprudencia y de la inoperancia y, sin embargo, crea adeptos. Adeptos estúpidos. Ciegos, sin más versión que la propia y para los que todo mal ha venido dado de quienes dejaron de apoyar un, ahora mismo, incomprensible estado de alarma y empezaron a pedir explicaciones. No hace falta ser contrario a nada, tan solo coherente para ver las faltas que se han cometido al respecto desde el comienzo.
Es la nueva subnormalidad —el término no es mío— la de una sociedad, la nuestra, fuertemente ideologizada y, por ende, sin capacidad de autocrítica, que echa flores al tal Simón, a pesar y sin atribuirle la gestión nefasta como director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, y a echar agua fuera con excusas tales como a saber qué hubiesen hecho otros.
Es el Simón style. Ha nacido una estrella.





