Hay fechas que no caben en los calendarios. El 1 de octubre (de 2001), cuando Silvio, el rockero de Sevilla, dejó su última nota suspendida en el aire. El 2 de octubre (de 1979), cuando nació José Antonio Morante Camacho, el genio de la Puebla del Río, como si al día siguiente la vida hubiera decidido responder con otra forma de arte. Entre ambos días queda un número invisible: el umbral.
El uno es la soledad del artista frente al abismo. Es la nota primera, la pincelada que todavía no sabe qué cuadro será. El dos es el encuentro: dos manos, dos silencios, dos mundos que se reconocen sin necesidad de explicarse. Y entre el uno y el dos está la ciudad de Sevilla, que conoce desde antiguo el secreto de que el arte verdadero no persigue el aplauso, sino que espera a que ocurra y que sea lo que Dios quiera.
Quizá ahí resida la cábala de estas fechas. Uno muere y otro nace. Uno abandona la materia y otro entra en ella. Por eso nada termina del todo. En la vieja mirada teosófica, la muerte no es una puerta cerrada, sino una habitación que cambia de luz. El artista pasa de un plano a otro, dejando detrás una vibración, una manera de mirar.
Silvio dejó canciones como quien deja fósforos encendidos en una noche húmeda. Morante llegó al mundo destinado a conversar con el misterio mediante el temple, el riesgo y la belleza de un instante que nunca vuelve. El arte según Sevilla no buscar el éxito. Que sea el éxito quien, distraído, se tope con uno.
Porque quizá el artista no deba preguntarse si ha llegado a alguna parte. Basta con permanecer fiel a la llamada. Pintar. Cantar. Torear. Crear. El todo y la nada se parecen cuando uno comprende que la obra no pertenece al artista. El artista apenas abre la puerta. Y algo —que ya estaba allí— entra.





