La actual inmigración, masiva y asalta fronteras (ahora denominada migración, como si fueran aves), resulta prodigiosa en algunos aspectos.
Por ejemplo, en los sentimientos de la población receptora; ya que, mientras más distante se hallan los ciudadanos del contacto diario con los «migrantes», más solidarios con ellos se mostrarán. Efecto que adquiere el culmen en los políticos de progreso, sumamente acogedores desde sus blindadas y selectas urbanizaciones, colegios y centros médicos. Este efecto proyecta además una dogmática protección ideológica, de modo que quien cuestione la bondad intrínseca de los «migrantes» será considerado automáticamente un racista, xenófobo, facha, etc.
Gran prodigio se opera también en los cuerpos «migrantes», pues aunque el mensaje oficialista pontifica que nos llegan famélicos, medio muertos y escapando de horribles situaciones, un considerable número de ellos ofrecen un envidiable aspecto físico de musculosos atletas capaces de superar de un brinco la mismísima muralla de King Kong. Sin embargo, otros muchos que se presentan como menores de edad, padecen una insólita y acelerada vejez prematura que pudieran inducir a engaño y les hace merecedores de cariñosas atenciones por las chicas de la Cruz Roja.
Como tampoco es poco prodigio que, pese a las carencias económicas que dicen afectarles, a muchos les broten teléfonos móviles con la batería ya cargada nada más pisar nuestro suelo. Asombroso.





