A pesar de que hablamos de muchas cuestiones que antes ni se nombraban, aún hay asuntos que evitamos mencionar en público o incluso en familia por pertenecer al ámbito de nuestra más estricta intimidad, sobre todo aquellos relacionados con los ‘países bajos’: la menopausia, las varices vaginales, la polución nocturna, o, el más común de todos, las heces. Evacuar es algo que todos necesitamos hacer con más o menos frecuencia, aunque la gran mayoría, al parecer, lo realiza diariamente por la mañana antes de salir de casa.
Atrás quedaron aquellos tiempos en los que en muchos pueblos y aldeas se utilizaba el corral y un pozo ciego, o la letrina compartida en las casas de vecinos de la capital, pero aún hoy puede servirnos de recomendación el versículo 14 del capítulo 23 del libro del Deuteronomio en la Biblia, cuando nos narra qué hacer si nos coge ese trance en el campo: llevarás en tu equipo una estaca, y cuando vayas a evacuar afuera, harás un hoyo con ella, te darás la vuelta, y luego taparás tus excrementos, pasaje al que hace referencia el libro ’Cómo cagar en el monte’ (1999) de Kathleen Meyer, un divertido clásico sobre el particular.
Nadie comenta en una conversación ese momento inolvidable en que sufrió un apretón irreprimible que lo puso en un serio trance: ese nazareno, no quiero imaginármelo en una hermandad de Silencio, en plena calle Francos cuando se le vino la carga encima; esa gitana en una caseta de la feria de Sevilla con ocho mujeres por delante en la fila pidiendo por favor que la dejen pasar; hasta recuerdo un At. Madrid – Osasuna donde un jugador del equipo navarro pidió permiso para ausentarse por unos minutos.
Es llamativo el uso de metonimias (ir al baño) o de eufemismos (hacer de cuerpo, hacer de vientre…) para evitar el verbo antes citado, que suena fatal, o de metáforas como el barro de la vida, el peaje del cuerpo o el oro marrón, para designar la caca, sin olvidarnos del uso del nombre de Catalina (pobre santa de Siena) para designar aquello que no debemos pisar en la calle. Y es que la Literatura también ha recogido en algunos de sus textos páginas escatológicas al respecto: en ‘Gargantúa y Pantagruel’ (1534) de Rabelais, el joven gigante relata a su padre Grandgousier sus exhaustivos experimentos empíricos para descubrir el limpiaculos (torchecul) perfecto. Tras probar con terciopelo, hojas de lechuga, ortigas (que le irritaron), gatos (que le arañaron) y sombreros de dama, concluye triunfalmente que no hay nada mejor que el plumaje tibio de un ganso vivo.
En ‘Gracias y desgracias del ojo del culo’ (1628), nuestro insigne Don Francisco de Quevedo dedica un tratado festivo a reivindicar la dignidad del ano frente a los demás órganos y sentidos. El autor madrileño argumenta con ironía escolástica que mientras los ojos y la boca mienten o cometen pecados, el ojo trasero es constante, sincero, desahoga las penas del estómago y trabaja sin pretensiones.
Unos años antes, Don Miguel de Cervantes en ‘El Quijote’ (1605) describe con notable maestría el percance que sufre Sancho, a quien en medio de la oscuridad le sobrevienen unas ganas inaguantables: Sintió que le venían en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él… soltó con mucho silencio y cortesía el lazo corredizo con que los calzones se sostenían… y dio un suspiro tan grande que pareció que se le arrancaba el alma.
Ya en el siglo XX, James Joyce en su ‘Ulises’ (1922) rompió los tabúes de la novela moderna al describir la costumbre matutina de Leopold Bloom con total transparencia naturalista: Se retiró a la letrina del jardín con un ejemplar de la revista Tit-Bits; leyó con calma mientras su intestino se vaciaba sin prisa. Leyó el primer párrafo… sintió la descarga tibia de la materia y acabó usando el papel rasgado de la revista para limpiarse. Fue uno de los pasajes que provocó que el libro fuese censurado por obscenidad en Gran Bretaña y Estados Unidos durante años.
También el cine se ha hecho eco de esta función es escenas inolvidables como en ‘La boda de mi mejor amiga’ (2011), con un grupo de chicas buscando todas a la vez un servicio, y ‘Operación final’ (2018) donde Beng Kingsley interpreta a Adolf Eichmann, el nazi secuestrado en Buenos Aires vigilado las 24 horas del día, haciendo sus necesidades bajo observación.
El tema da para mucho más: el origen de los caganers en los Belenes catalanes; la vomitiva coprofagia; las ventas de pañales en adultos, que superan hace tiempo a las de los bebés; el bienvenido invento del bidet; el estreñimiento sufrido en silencio; las socorridas toallitas húmedas… por eso solo se me ocurre concluir con aquello de “Vamos a comprar lotería (que ya está aquí la de Navidad) después de leer este artículo”, y una sonrisa. Mucha suerte.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





