La primera vez que la vio, quedó extasiado, ya que ella representaba el arquetipo de todo aquello que le gustaba. No era como las demás: era tranquila, prudente y reservada. Eso le llamó especialmente la atención, igual que su pelo bañado en oro, su voz suave y sus ojos verdes. Le había cautivado. Era como si alguien la hubiese hecho siguiendo los dictados de su ideal de mujer.
Aunque creía haberse enamorado en alguna ocasión anterior, esta vez era mucho más fuerte, sin parangón con las anteriores. Lo que sentía era algo tan poderoso que no había experimentado nunca antes. Era maravilloso, como subir a una nube, pasando a ver el mundo de forma radicalmente distinta: con optimismo e ilusión.
El año que estaba en su tramo final lo había pasado francamente mal por problemas de diversa índole, pero la suerte y las perspectivas habían empezado a cambiar drásticamente toda vez que ella había aparecido en escena. Ahora tenía algo por lo que luchar, algo que merecía la pena.
Hacía años que su gran sueño se había truncado: quería conocer personalmente a su mentor, con quien había llegado a tener una correspondencia, y que, le había dejado el teléfono directo de su Secretaría Particular, donde había llamado varias veces, e incluso le regaló su último libro firmado, algo que para él tenía mucho valor. Se ofreció a recibirle si pasaba por Madrid, pues, a pesar de haber ocupado altas responsabilidades, era alguien humilde, lejos de la arrogancia, pues a través del estudio había ascendido socialmente, y recibía dispensando el mismo trato a un Jefe del Estado como al más sencillo ciudadano. No obstante, se truncó por su fallecimiento.
Ahora, tenía un nuevo sueño, que tomaba el nombre de aquella chica: por las noches, escuchaba canciones que le recordaban a ella, repetía su nombre en voz baja y recordaba la imagen de su rostro iluminado por el sol. Rezaba pidiendo al Señor que sus destinos estuviesen juntos, e incluso hizo una promesa por la cual rezaba varias veces al día para que le concediese aquello que tanto anhelaba.
Escribía un diario en el que recogía sus interacciones con ella cada día de clase para poder recordarlas cuando la echaba de menos. Cada mañana deseaba ir a clase para poder verla, y cuando se sentaba a su lado, notaba como su sola presencia le transmitía una fuerte energía que le hacía concentrarse. Por el contrario, los fines de semana, los días festivos y cuando ella faltaba a clase, la jornada se le hacía larga y tortuosa porque la echaba mucho en falta. Se había convertido en una necesidad en su vida.
Pensó en decirle lo que sentía, algo que veía muy arriesgado. Años después, al recordar el modo en que tenía previsto decírselo, aunque pudiera parecer bonito, a él le resultaba embarazoso.
Había tenido un pasado traumático. Sus años en el colegio y en el instituto habían sido funestas, motivo por el que trató de cubrir ese vacío a través de un deseo de poder que en el futuro aspiraba a alcanzar, para lo que no dudó en sacrificar toda su vida social, decisión drástica que en una importante proporción estuvo motivada por el miedo y la desconfianza. De esa manera, tras múltiples vejaciones y desprecios, podría resarcirse y demostrarse a sí mismo su valía, la misma que otros le habían negado a través del sufrimiento psicológico que le habían infligido.
Ahora todo pasaba a ser distinto. Cuando había escuchado en alguna serie a alguien decir que renunciaría a su sueño de un futuro prometedor por estar con la persona a la que quería, era algo que no podía entender. Su mundo se reducía a mirar al futuro y posponer todo lo demás. Su realidad eran los estudios y, en su tiempo libre, la política, sobre la que no paraba de acumular libros, adquiriendo, como le reconocieron en más de una ocasión, una cultura política descomunal para tan temprana edad.
En tan poco tiempo, su orden de prioridades había cambiado drásticamente: estaba dispuesto a renunciar a aquello para lo que llevaba tanto tiempo preparándose, y entendía las motivaciones de aquellos que veía en la televisión: una vida junto a la persona que amaba daba mucha mayor felicidad que el éxito profesional. Al tomar esa decisión, no se perdía, sino que se ganaba algo más valioso.
Aquella chica que había capitalizado sus pensamientos era a veces, demasiado reservada, y a diferencia de su grupo de amigas, no sabía si tenía pareja. No obstante, meses después, en una conversación con otras personas, oyó que sí. Aquello le supuso un hachazo, ya que no podía hacer borrón y cuenta nueva ni empezar de cero con sus sentimientos.
Esa misma noche tenía una celebración que llevaba tiempo esperando, por lo que decidió que nada se la arruinaría y empezó a beber como única forma de afrontar tan duro golpe.
Nunca fue un alcohólico, pero, por medio del alcohol, desconectaba de sus preocupaciones y se sentía eufórico, así que, al ser el alcohol la droga psicoactiva más popular, le llegó a provocar el efecto que es consustancial a toda droga: para conseguir el mismo efecto empezó a beber más y con mayor frecuencia. Años después, a modo de caída de Damasco, decidió por sí mismo volver a ser abstemio, ya que consideraba un acto de cobardía personal refugiarse en el alcohol para afrontar su realidad, lo que, además, era incompatible con la honorabilidad con la que intentaba llevar su vida.
Le quedaba otro cuatrimestre por delante, así que seguiría teniendo acceso directo a aquella chica. Pensaba que aún tendría posibilidades, ya que la relación de ella con su pareja no estaba consolidada y llevaba poco tiempo, por lo que, al estar en el lugar adecuado, llegado el momento (si es que llegaba) podría tener alguna opción.
Cuando llegó el siguiente curso, al darse la situación de que (por expediente académico) pudo elegir grupo en los primeros días, no cayó en la misma clase que ella, lo que le afectó emocionalmente. El segundo sueño que había tenido en su vida, igual que el primero, se había deshecho, así que decidió centrarse en la política y se presentó a delegado de clase, de modo que, a diferencia del curso anterior, fue elegido, pero nada llenaba el vacío que le había dejado no poder estar junto a esa chica. Aquel día, cuando compartió en un grupo de WhatsApp con su grupo de amigos del año anterior que había sido elegido, ella, sabiendo lo importante que era para él, le escribió para felicitarle. Sintió que eso le había llenado mucho más que conseguir ese cargo.
Al centrarse en la política, para tapar el vacío que le dejó la situación, descuidó los estudios sin que la política le fuese bien. Era cierto que quería ascender políticamente, pero no a cualquier precio, ya que sus ideas llenaban su alma, dándole una razón para luchar, y al verse decepcionado por la actuación de su partido en el gobierno y mostrarla públicamente, fue relegado y marginado dentro del mismo.
Ya nada le iba bien: quien había sido un buen estudiante, ahora fracasaba ante el asombro de sus padres. Ni el amor, ni los estudios ni la política le daban satisfacción alguna, sino todo lo contrario.
Tras mucho meditar, tomó la única decisión que podía: centrarse en los estudios, dejar temporalmente la política (dándose de baja de un partido con el que no se sentía representado) y posponer los sentimientos amorosos.
Aquella fórmula dio resultado, ya que enderezó sus estudios y el nuevo curso tuvo unos magníficos resultados.
Había hecho una parada en sus aspiraciones, pensando retomar la actividad política toda vez que consiguiese la independencia económica y profesional que quería, pero el dolor sentimental persistía, teniendo que sobrellevarlo lo mejor que podía. No era como las veces anteriores, donde pensando (como había hecho siempre) en los estudios y la política, reprimió sus sentimientos. No obstante, aquellas veces era atracción, no enamoramiento como en esta última ocasión.
“Ella era la persona perfecta para mí, pero yo no lo era para ella”, se repetía de manera espontánea con dolor. Pensaba que, precisamente, por quererla, deseaba que fuese feliz, aunque no fuese con él, pero en el fondo no estaba seguro de si era lo que pensaba realmente o, por el contrario, una excusa que él se ponía para justificar su miedo a dar un paso al frente. Era el habitual miedo al rechazo.
Nunca pensaba que encontraría a alguien a la altura de ella. Aunque tardó varios años, ocho en concreto, esa chica apareció. La conoció trabajando, y era físicamente muy similar a aquella que le había dejado marca.
Lo que más le impactó fue su alegría y su bondad: era alguien que no tenía jamás un mal pensamiento sobre nadie, siendo una persona muy cariñosa que se mostraba tal y como era, encontrando a en esa naturaleza aquello que no había visto a lo largo de tantos años. Distaba mucho del odio que se percibía en los ojos de quienes lo atormentaron en la adolescencia y en las traiciones que sufrió en la política por quienes se dedicaron a desgastarlo y menoscabar su reputación. Ella era un soplo de esperanza en un mundo que había llegado a rechazar. Se había vuelto misántropo, desconfiando del ser humano y deseando aislarse en algún recóndito lugar en el que los valores en los que creía no hubiesen perdido su vigencia.
Era alguien muy conservador, algo que para él no era una condición más, sino aquello que definía su personalidad, su estilo de vida y su modo de actuar en todos los aspectos, en definitiva, un conservador integral.
Sus firmes convicciones, unida una misantropía que alcanzó su punto álgido, le hicieron radicalizarse, algo que, desafortunadamente, tiende a ser común en la juventud de uno y otro lado del espectro político. No es algo inherente a ninguna ideología, sino que es un modo de proceder, percibiendo como enemigo y no adversario a quien sostenía lo contrario, cayendo en el sectarismo, algo que daña realmente a quien sostiene esta postura.
En poco tiempo se enamoró de esta chica, con quien compartía la pasión por la política, de modo que cuando fue adquiriendo cada vez más confianza con ella, aunque partía de la premisa de que también era de derechas, aunque menos que él, quiso, por pura curiosidad, saber, cuál era su posición política concreta, para lo que le preguntó.
Ella, de manera ingeniosa y con gran sentido del humor, le hizo que adivinase a qué partido la asociaba más. Conforme iba diciendo unas siglas, ella le decía “más a la izquierda”, hasta que llegó a un punto que, con una sonrisa, le dio la pista definitiva: “mi ideología es justo la contraria a la tuya”. Aquello le dejó estupefacto, pues no lo esperaba y, sobre todo, rompía todos sus esquemas preconcebidos.
Aquella chica, de apariencia conservadora, tenía una ideología marcadamente de izquierdas. No obstante, a pesar de esta revelación, ante su asombro, a él no sólo no le importó, sino que lo asumió con absoluta naturalidad. Sus sentimientos hacia ella eran los mismos.
En el pasado le habían dicho alguna vez, en tono de broma para pincharle que, si se casaba en el futuro, sería con una mujer de izquierdas. No obstante, por increíble que parezca, aquello que puede parecernos utópico, se acaba produciendo con absoluta naturalidad, y nuestro asombro viene cuando echamos la vista atrás y vemos que algo, antes impensable, ha llegado a materializarse. No hay más que recordar el confinamiento: ¿quién iba a decir a los españoles que estarían encerrados sin poder salir de sus casas, y no sólo no iban a protestar sino, a salir a aplaudir a los balcones y azoteas?
Había iniciado, fruto de su evolución, un proceso de moderación, no en torno a las ideas, que eran las mismas, sino a las formas, algo que a su vez le hacía un católico más coherente, pues tenía cada vez más inclinaciones humanistas. El hecho de conocer a alguien que era el arquetipo de lo que le gustaba pero que sostenía todas las ideas que rechazaba, le hizo cambiar drásticamente.
Se dio cuenta de que no sólo se podía convivir sino compartir la vida con alguien que pensaba radicalmente distinto: la clave no eran las ideas, sino el estilo de vida. Se dio cuenta de que antes, por prejuicios, cerró, de entrada, la puerta a chicas que valían mucho como personas únicamente por pensar distinto.
Aunque nunca fueron pareja porque tenían proyectos de vida muy distintos, se convirtieron en grandes amigos, siendo. Intercambiaban opiniones, comprendiendo cada uno la visión del otro sin necesidad de compartirla, siendo conscientes de que alguien, podía tener razones fundadas para defender un planteamiento, ya que somos fruto de un contexto y unas circunstancias, que son muy diferentes entre sí, lo que nos lleva a conclusiones muy distintas, y eso no nos hace de mejor ni de peor condición.
Dios se fija en nuestro interior, aunque nos equivoquemos. Las personas deben estar por encima de las ideologías y no al contrario, ya que la razón por la que defendemos una idea es porque queremos hacer de nuestro entorno un lugar mejor.
Hablar con alguien que piensa radicalmente distinto a nosotros, no tiene que hacernos cambiar de opinión, sino de actitud, pues hay buenas y malas personas de uno y otro signo. Es una cura contra el extremismo y el sectarismo, ya que incluso permite que entendamos sus motivaciones, pues pueden tener razón incluso en algún postulado. Lo contrario lleva al odio y la exclusión, y eso, a quien realmente perjudica es a quien lo sostiene.
Pocas cosas dan tanto testimonio del amor al prójimo como tener una pareja o casarse con alguien que representa a la otra España, como se suele decir, pero en realidad solo hay una España, en la que todos tenemos cabida, y para eso tenemos que respetarnos y aceptarnos. Esa es la clave de una pareja: aceptar su ideología y no intentar cambiarla, dialogar y no imponer. Como se suele decir, no juzguemos un libro por su portada y no nos aventuremos a juzgar a alguien por los prejuicios, pues nadie tiene que comprar un pack completo: cada persona es única e irrepetible.
Ella había conseguido lo que poco antes era impensable: ser mucho mejor que la primera chica, que tanto le había marcado, hasta el extremo de que cuando miraba sus fotografías junto a ella, de manera inevitable, siempre pensaba: “Si fuésemos más parecidos, estaríamos juntos”, “Ojalá encontrase alguien como ella”. No era de extrañar que así lo pensara, ya que, desde que apareció en escena, había hecho que su vida fuera mucho mejor. Le inspiraba y la admiraba.
Él veía a la mujer con fascinación, como un ser superior. Prueba de ello es que tenía la posibilidad de dar vida. Le gustaba la sensibilidad del sexo femenino, pues en unión con un hombre se complementaban, sin perjuicio de que otras personas puedan tener una orientación sexual distinta. Deseaba lo mismo que otros porque miraba a su alrededor y él se sentía incompleto, notando que algo le faltaba.
En el caso de aquella chica, era algo superior incluso a la propia naturaleza femenina que tanto le cautivaba, ya que potenciaba su parte positiva y eliminaba la negativa, desarrollando con ella una fuerte conexión desde el primer momento, como si la conociese desde mucho antes. Sus almas habían conectado.
En la famosa serie “The Crown”, se puede apreciar cómo Carlos de Inglaterra siente una fuerte envidia de su esposa Lady Di, no soportando que le quite el protagonismo y sea más querida por su natural empatía y cercanía hacia los demás. Con independencia de que la realidad fuese así o no (algo en lo que no entraré), lo cierto es que, cuando alguien está enamorado y quiere a la otra persona, no sólo no le importa que reciba más atención que él, sino que es él mismo quien lo fomenta al percibirlo de ese modo. Cuando hay amor, hay admiración.
Otra lección que había aprendido, al pasar por un periodo de sufrimiento y asimilación al comprender que dicha chica, que había cambiado drásticamente su mundo, no sería la persona con quien compartiría su destino, es que el sufrimiento es una adaptación hacia una nueva vida. Ella era muy inteligente, destacando en su inteligencia emocional, pues tenía una gran capacidad para ponerse en el lugar del otro, diciéndole algo tan importante que el tiempo demostraría que tenía toda la razón: “Somos muy distintos. No hubiésemos durado mucho juntos. Yo te ofrezco algo más duradero como una amistad”.
Con esta chica intercambió muchas confidencias, siendo tal el grado de confianza que incluso compartían secretos de su vida que no habían dicho a nadie más, pues la lealtad entre ellos era muy fuerte. Nunca había conocido tanto a alguien que no perteneciera a su núcleo familiar más directo, con el que compartía su día a día. Ahora era un pilar en su vida, y cuando ella sufría o tenía un problema, él lo sentía como si fuese propio, creciéndose cuando ella no estaba bien para poder ayudarla. Entendió que no es necesariamente lo mismo el amor que la atracción. Ella le quería tanto como él a ella, pero la atracción es algo más irracional, y no elegimos de quién nos enamoramos. Que alguien no sienta atracción por otra persona no significa que no le valore o no lo quiera, sino que no responde a su arquetipo. Fue algo que comprendió con el tiempo, ya que eran como hermanos.
Por tan estrecha relación, se acabó dando cuenta que aquella primera chica sobre la que fijó su mirada, apenas la conoció. Ello le llevó a una pregunta a la que era difícil encontrar la respuesta: ¿se enamoró realmente de ella o de la imagen idealizada que había construido?





