Sé qué voy a terminar recogiendo cartones en la calle.
¿Y por qué no lo arreglas?
No quiero estropearlo.
Hubo una época en Sevilla en la que triunfaron —de forma discreta, que estas cosas siempre se han hecho a puerta cerrada— los principios teosóficos de Helena Petrovna Blavatsky. Eran los años previos a los felices veinte del siglo pasado, años felices en el París de la Generación Perdida de los Hemingway, los Fitzgerald y los Cocteau. En Sevilla eran años de mirar a la Exposición Iberoamericana del 29 desde los corrales de vecinos y la miseria, desde los tendidos que se peleaban por José y por Juan y desde los cafés donde se hablaba de poesía, de vanguardias… o de teosofía.
La ciudad de Sevilla, en esos años, contó con dos ramas teosóficas; la rama Fraternidad —fundada en 1911 por el anticuario José Fernández Pintado-—y la rama Zanoni —creada al calor del doctor Manuel de Brioude en 1918—. El filósofo extremeño Mario Roso de Luna, el mago de Logrosán, conferenció en el Ateneo de Sevilla y en el Centro Andaluz, liderado por Blas Infante.
La teosofía, que proveniente de la cultura oriental, se asentaba —se sigue asentando en estos tiempos— en tres pilares; la fraternidad humana, el estudio de todas las religiones y el conocimiento de los poderes que laten, tanto en la naturaleza como en el ser humano.
La fraternidad humana es primordial. Fraternidad entre los hermanos de la rama y fraternidad para con el resto de seres que te rodean. En la teosofía también es muy importante conocer las religiones y saber que todas comparten la misma esencia, que todas tienen el mismo tronco común. Da igual Jesús, para los cristianos, que Alá, para los del islam, que la Macarena para la gente de la calle Feria y la calle Relator, que la Estrella para los de San Jacinto y el Altozano.
El tercer pilar fundamental de la teosofía es el conocimiento de los poderes latentes en la naturaleza y en el ser humano. Porque nada de lo que ocurre en la naturaleza ni en el hombre es casual. Todo tiene su causa, su por qué y su cómo. Todo lo que ocurre en este joío mundo son señales que se nos mandan para saber por dónde tenemos que tirar. Y ahí los hombres tenemos que tener confianza en la vida, en lo que nos ocurre y en lo que nos rodea. Si algo nos sucede es que nos tenía que suceder, que nos tenía que pasar. Y nosotros debemos adaptarnos a eso, confiar en que es bueno para nosotros.
Silvio Fernández Melgarejo, el rockero sevillano que llenó de sonidos a la ciudad entera, tenía cosas de teósofo. Como tenía cosas de capillita y cosas de descreído. Silvio entendió este último fundamento teosófico a la perfección. Tanto es así como la confesión que hizo a Jesús Quintero en el programa de televisión “El perro verde”:
“Mira, yo creo que hay una ley universal. Yo creo en que todo va bien, en que no hay mal que por bien no venga… aunque sé que es muy difícil que la persona humana pueda asimilar eso. Quizás los animales estén más avanzados en eso que los japoneses y que nosotros, y saben que todo va bien y que todo es como es. Lo que pasa es que el egoísmo humano te hace por ejemplo… no me han tocado las quinielas, joé; he perdido el autobús y ya es tarde, joé. En realidad, si no te han tocado las quinielas es porque no estaba escrito y si has perdido el autobús es porque lo tenías que perder. Y ya está. Y me conformo con todo, si… si esa es la única manera de vivir un poco tranquilo… ¿Te vas a lamentar de algo?”.
Así lo dejó dicho El Coloso de la Roda, como un palimpsesto de la filosofía oculta de la vida. Teosofía pura la de nuestro Silvio, que entendió la vida a su particular modo y la vivió como todos sabemos: como hay que vivirla, sin desaprovechar ni un trago. Otra cosa es que seamos capaces.





