De nuevo una noticia que parece secundaria, anecdótica, adquiere un relieve mayor de lo que se merece, y las consecuencias son inquietantes.
Hace unas semanas salía en los medios (¡aun sin querer verlos! Pero, ¿quién escapa a unas imágenes repetidas mil veces en “Canal 24 horas”, en una televisión puesta de fondo en un bar donde se toma café? Los que orgullosamente presumen de “no ver la tele”, ¿qué tipo de vida hacen?) el hecho, elevado a categoría de “noticia” – el primer error- de unos gamberros agrediendo un cuadro célebre de Van Gogh en un famosísimo museo. Ya es absurdo darle publicidad a los que no buscan otra cosa, pero, ¡atención!, no sólo la locutora informa del hecho, sino que, ¡televisan a los protagonistas! ¡Muestran sus caras y les permiten hablar ante las cámaras, y esas imágenes y “discursos” son retransmitidos, por canales oficiales informativos –no hablamos ya de redes privadas, sino medios oficiales, oficialísimo, internacionales-, a la totalidad del planeta!
Ni en los más optimistas sueños de un gamberro figura un premio semejante. De repente, se les da un altavoz, con imagen y sonido se les regala fama mundial… No cabe mayor estímulo. Es cierto que en todo tipo de crímenes y delitos se produce un curioso “efecto llamada”, producto de la compleja psicología humana; pero aquí no tenemos que recurrir a explicaciones complejas. Aun cuando el ser humano fuera más simple de lo que es, y con menos inclinación al mal, y no existieran lo psicópatas y ni siquiera los muy gamberros… ¡es que aquí tientan a cualquiera! ¡Les están animando! ¿Qué joven con un mínimo de ansia de riesgo y aventura, de tendencia a la “rebeldía” fácil, puede resistirse a una pequeña acción que, con toda seguridad no le llevará a mayores castigos, y sí le garantizará la fama mundial instantánea que a otros –que la buscan por el camino de la música, el deporte, los concursos – puede llevarle años, y seguramente en vano…?
En fin. Olvidamos un poco el tema, secundario al fin (¡o eso parece!) en medio de tantos males, y de repente… la inevitable secuela. La secuela –la pronta repetición del hecho en diversos museos del mundo, ahora en el Prado– resultaba totalmente previsible. Pero el tratamiento de la misma, ¿no lo pueden cambiar? En la prensa convencional, en la misma página en la que dedican hermosas fotografías de los nuevos gamberros, sus caras ostentosamente visibles con todo detalle, en plena acción, pues allí mismo dicen que hay que implantar más controles y más seguridad en los museos.
O sea: la solución no es castigar a los delincuentes (por el contrario, se les proporciona una tribuna y un altavoz) sino hacerles la vida aún más difícil y enojosa a los que quieren disfrutar de un museo, ponerles, después de que han de padecer los escáneres, dejar las mochilas, enseñar los bolsos… aún más trabas y dificultades.
¿No es más lógico castigar al culpable, y sólo al culpable? ¡Qué bien vendría hacer obligatorio el cumplimiento de penas de cárcel pequeñas! Un mes en prisión no arruina la vida de nadie y puede ser un escarmiento eficacísimo. Y tampoco habría que estigmatizar al que hubiera pasado por una pena de cárcel pequeña: indicaría que alguien ha recibido una saludable lección, nada más. Esto frenaría mil carreras delictivas desde el principio. Lejos de ser una propuesta “vengativa” hacia los gamberros, les beneficiaría también a ellos.
Pero no: de nuevo se sugiere el colocar aún más trabas para el público inocente. Cosa que además de palmariamente injusta, resulta inútil. Todo control se vuelve rutinario, pierde eficacia: el gamberro siempre verá cómo saltárselo, mientras las personas ven mermada su dignidad viéndose tratadas siempre como ganado… lo que a su vez (perdido el concepto de responsabilidad personal ante el delito, se trata sólo de impedirlo mediante vallas… como animales) fomentará más infracciones.
Si no se castiga la mala intención, se pierde el concepto de que algo sea bueno o malo; sólo queda en si algo es posible o no (si esa valla se puede saltar o no. Total, si la salto, no me castigarán, simplemente pondrán una nueva más alta).
Algunos no salimos de nuestro asombro de ver cómo se cae una y otra vez en lo mismo, en darle al gamberro la publicidad que busca, en premiarle con lo que más desea. En otro tipo de delitos graves no podemos renunciar a informar (no vamos a dejar de decir la horrible noticia de quién ha producido un atentado terrorista por “no hacerle publicidad”, este terrible caso es diferente). Pero cuando se trata de gamberradas cuyo único objetivo es hacerse famosos, ¿cómo no caen, los medios oficiales, en lo obvio, cómo les regalan esa fama, con imagen y sonido?
Una recuerda el haber tachado de un libro de Historia el nombre del asesino de la emperatriz Isabel de Austria (“Sissí”- bueno, en realidad su diminutivo llevaba una sola ese, Sisi), por irritación, ya que el que la apuñaló no lo hizo con intención política, sino sólo por hacerse famoso. “Pues por mí no lo vas a ser”-olvidemos el nombre y quede la historia en que la asesinó un idiota.
Otras veces no es tan fácil tachar un nombre: el asesino de Sarajevo de 1914, por su brutal trascendencia como detonante de la Gran Guerra (que hubiera tenido seguramente otros detonantes, pero en fin, le tocó ser ese), acaso “merezca” infaustamente nombrarse.
¿No se advierte la diferencia? Siempre es molesto facilitarle la fama a los “malos”. Pero en fin, al escribir la Historia, o al dar noticias, pues no habrá más remedio.
Pero cuando los “malos” no son tanto “malos”, no tienen intención política, o de asesinar a alguien por algún motivo, o desean robar, sino que su único móvil es la fama, ¿a qué viene regalársela?
Ese tipo de gamberrada-delito es de los pocos que tiene facilísimo y seguro remedio. Al contrario que otros, puede evitarse perfectamente. Pero lejos de intentar evitarlo, se fomenta.





