«Severo y feliz, alegre y serio… sincero y simulador, cruel y clemente, y siempre variado en todas las cosas». ¿Os recuerda a alguien? No, no es el alcalde Juan Espadas, sino el emperador sevillano (de Itálica) Adriano, que gobernó todo el mundo antiguo. Espadas, que la Roma imperial actual, es decir Madrid es decir Ferraz es decir Pedro Sánchez y compañía, ha nombrado como gobernador único y poderoso de Andalucía, tiene, a diferencia de Adriano, mucha menos popularidad entre su gente.
Su mandato en estos años ha dejado a los ciudadanos estupefactos de ver como día tras día la imagen de la verdadera Sevilla se ha evaporado: en nombre de la suciedad cuyas calles están llenas e incluso los parques como el de María Luisa – el cofre de la ciudad ya no se presenta a los turistas -, de la criminalidad que avanza implacablemente – y así la gente no se siente más segura -, del ruido nocturno de los botellones y de las fiestas sin control.
Ni siquiera los toldos para dar respiro a las tiendas, que serán víctimas del calor todo el verano, ni siquiera los toldos el Ayuntamiento ha logrado asegurar: la justificación es una falta administrativa.
Así se actúa en Sevilla y poco importa que los comerciantes, los hosteleros, los empresarios y los ciudadanos estén enojados. Porque la verdadera exigencia de Espadas es ahora consolidar el poder que Sánchez, más para apartarse de la Susana Díaz que por otro, le ha dado, gobernador fiel y «siempre variado en todas las cosas». Con una ciudad así, que rechaza por fuerza el turismo de élite tanto por la falta de planes como por la suciedad y el abandono de la ciudad (lo sabe bien la Policía que de vez en cuando se encuentra un coche quemado), que no satisface las justas demandas de los empresarios locales, tememos que poco podrá sostener Espadas el día que se presente de candidato a la Junta.
Un modelo que no funciona no puede exportarse, ni siquiera a una Andalucía que hoy necesita certidumbre y pragmatismo. Incluso Adriano tenía en su tiempo como peor adversario a su esposa Vibia Sabina, una lejana pariente casada por motivos políticos. Aquí está la Díaz. Y sobre todo no vemos emperadores aunque Sánchez quiera hacernoslo creer desde muy muy lejos.



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