Setanito está cada vez más cansado de las bullas y de las charlas insustanciales, de la cornetería que desafina y del pálido de las rosas del palio, que apagan el color de los bordados. Cuando sale a la calle a disfrutar de la Semana Santa busca las calles más solitarias, aquellos rincones en los que menos se le vea sin importar que se vea menos. Con el olor de la cera quemada y el del incienso de los incensarios —sin pasarse, por favor, que hay que ver las nubes de humo que preceden a los pasos— se va conformando. La salida de aquella hermandad que lleva treinta años sin perderse, el paso por esta plaza en la que conoció el amor… ya ha dejado de lado hasta las entradas, sobre todo aquella en la que sonaba la marcha a sus pies y se la jugó toda a una —al disfrute del momento a pesar de la caminata que le quedaba hasta casa—.
Ya no está Setanito para tantas historias ni historietas, que su cofradía la vive desde la intimidad del camarín de la Virgen y desde los pies de los candeleros que alumbran al Señor, cuando menos gente hay en la iglesia, cuando puede rezarles un padrenuestro y un avemaría sin que nadie le vea mover los labios. O en el cementerio, que claveles en el corazón le lleva a los que han vivido con él la Semana Santa y ya están en un balcón del cielo.
Ha pasado el tiempo y los años lo han desgastado. Y los que tiene le pesan como una loza. Setanito no tiene ganas de conocer más. Sí, de desaprender y de que le desenpresenten a gente, que dice un amigo suyo.
Vivió una Semana Santa que ya no existe en la calle. Ha desaparecido, como por arte de malas magias. Las normas, las reglas, la perfección, lo cofrademente correcto lo ha terminado de cansar, de aburrir. Que aquí ya todo el mundo conoce los secretos de la fiesta misteriosa y ya no hay rincón en el que buscarlos, que todo es público y notorio, que estamos ante una Semana Santa de luz y taquígrafos, no ante la fiesta de la llama en el pabilo, el misterio y la leyenda que él conoció y con la que empezó en la calle a ver cofradías.
Su tiempo ha pasado y él lo sabe mejor que nadie. Ya nada es como era. Jamás lo será. Ya no están los que estaban. Ya la Semana Santa es otra. Por eso Setanito prefiere quedarse con la que guarda en su memoria.





