
Estamos para prestarnos servicios unos a otros, en eso consiste la sociedad. Bien lo entendían los hombres de la que llamamos la Edad Media, en donde unos cultivaban la tierra para alimentar a una comunidad; otros con las armas la defendían, y otros rezaban para que Dios la protegiera.
No pensamos ahora así; nos han instigado a considerar que cada uno de nosotros estamos llenos de derechos, llamados al bienestar y a la autorrealización (aunque nunca se han conculcado tanto esos derechos como en los últimos dos años, pero apenas somos conscientes de ello); el concepto de que “hay que servir a la sociedad” se encasilla como una ñoña idea anacrónica. Pero, se diga como se diga… tenemos que prestarnos servicios unos a otros. No podemos vivir de otra manera.
Y he aquí que se ha introducido la idea de que ciertas tareas son serviles y deben desaparecer. Por ejemplo, la de llevar maletas ajenas. Tenemos los gimnasios de España abarrotados de exultantes veinteañeros musculosos que pagan su cuota mensual para levantar pesas de hasta cien kilogramos. Pero no podemos tener un servicio de “mozos” como los que, con añoranza, vemos en las películas inglesas, que transporten las maletas de los viajeros ancianos o más débiles, porque eso es muy indigno. Así pues, ¡qué remedio! Seguiremos contemplando el espectáculo de los azafatos y azafatas del Ave muy erguidos mirando al horizonte sin pestañear, mientras a su vera la señora mayor sube, con esfuerzo, la maleta por los escaloncitos del vagón… A eso lo llamamos dignidad.
Por supuesto, con más motivo han desaparecido oficios como el de limpiabotas. Se debe también a otras razones: por nuestro modo de vida, de consumo y de calzado, esa figura era ya puntual y anecdótica, abocada a la extinción. Que desaparezca de manera natural, como lo hace el zapatero remendón (¿merece acaso hoy la pena reparar unos zapatos?), pues bien está. Pero cuando se dice, muy pomposamente, que si ese oficio se ha eliminado es “por dignidad”, que era intolerable que un ser humano se agachara frente a otro, pues no sé. ¡Qué poca dignidad interior hay que tener, para temer perderla por tan poca cosa!
Y por cierto… Millones de personas sacan a pasear al perro, y se inclinan luego para recoger los restos. Menos mal que lo hacen, por supuesto; hay que apreciar el incremento del civismo en ese sentido, pero, ¿dónde queda aquí la “dignidad”?
Que sí, que hay que alegrarse de cómo ha mejorado la “concienciación” en ese campo, ya lo habitual es que el dueño del perro lo recoja todo, siguiendo las normas.
Pero, puestos a hablar de estampas que nos hieren como puñaladas a la dignidad humana, no porque sean graves en sí, sino por lo que tienen de simbólico, pues… Yo no hallaría una más paradigmática, a riesgo de ofender a millones de personas (que por ende en su actuación muestran civismo), que la del hombre o la mujer humildemente agachado en plena calle, a la vista del público, para recoger los viles restos de su animal de compañía.
En otras épocas históricas, ajenas a nuestra idea de higiene y de intimidad, e impregnadas del concepto del rey o del faraón como la de un ser supremo e incluso semidivino, pues el oficio del encargado de… “la escupidera real” era noble y disputadísimo. (Hasta tiene un nombre, tan privilegiado cargo, que ahora se me escapa). Lejos de considerarse tarea humillante, era codiciada: implicaba la mayor cercanía física y visceral al ser supremo. ¡Cómo nos reímos de todo eso, cómo lo despreciamos desde nuestra enorme superioridad moderna! Pues si nos viera el Rey Sol, o el Faraón de Egipto, agachados ante nuestros perros…
Pero hablábamos de dignidad. No deseo ofender a los dueños de perros, ni menos instarles a que dejen de ser cívicos; si a alguien “ataco” es a los que tan arbitrariamente hablan de dignidad para referirse a cualquier cosa. Si nos agachamos ante un perro, ¿por qué no para limpiarle los zapatos a un semejante – que luego a lo mejor él se agachará ante nuestras vísceras para operarnos de apendicitis? Ser podólogo por ejemplo, ¿es entonces indigno?
La modernidad considera indigno también el concepto de propina. Darle unos billetes al portero como gratificación de Navidad, ¡oh, cuán indigno, cuán humillante! Pero a un empleado despedido por perezoso (se me viene a la cabeza un antiguo político, que al parecer “no dio golpe” en su nuevo empleo) se le anima a que “exija” que lo admitan de nuevo, o si no a que lo indemnicen con enormes cantidades de dinero. No entro en la justicia de nuestro derecho laboral, pero si tanto hablábamos de dignidad, ¿es “digno” querer estar donde no te quieren? ¿Recibir treinta euros de gratificación es indigno, pero pedir que te den trescientos mil no lo es? El concepto caballeresco de la dignidad excluía pedir.
Ahora parecerá que encomio la explotación laboral y cosas así. En absoluto. Pero mejor aceptar que vivimos en una sociedad – si es que es una sociedad; eso Ortega y Gasset lo dudaría mucho (“¿Hay algo más necesario que el que una sociedad sea justa? Pues sí: el que sea una sociedad”, decía)- regida por ciertas cosas, por un cúmulo de leyes e intereses, por una mezcla de lo más desagradable del capitalismo y del comunismo, en la que hay que sobrevivir y procurar hacer le menos daño posible… pero de la dignidad es mejor que no hablemos, porque es un concepto que no entendemos ya, y todo lo que hagamos en su nombre nos va a hacer más daño que otra cosa.
Por lo pronto, el portero se queda sin su gratificación, y la señora anciana sin quien le lleve las maletas.





