Me cuentan que le llegó la muerte muy amable, que casi ni se enteró de ella. Ahora pienso que le llegaría soñando con leyes justas y pleitos que sólo él sabía arreglar. Y por eso también pienso que esa amable muerte, tan dulce, era la justa retribución por una vida de cariño y bonhomía.
Porque Don Manuel amaba y dejaba su cariño en cada palabra, en cada frase y hasta en cada anécdota, a cuál más chisposa. Hablar de Don Manuel es tan difícil, porque fue tan larga su andadura y tan ancho su mundo. Rey de reyes cuando España fue la reina del mundo, allá cuando la Expo. Maestro de maestros en el mundo del derecho, trasminando brillantez en cada folio, en cada discurso y en cada charla. Abogado que dignificaba la toga escueta que siempre llevamos los que nos dedicamos a este oficio. Qué pena que siendo mi profesor, que lo fue (y eso tendré siempre a gala), no aprovechara como debiera sus lecciones de sabiduría, su hondisimo conocimiento del Derecho Mercantil (al menos me quedé con los Apeninos y el trasiego de comerciantes italianos con sus letras de cambio).
Menos mal que aprendí, al menos, su sonrisa amable, ese cariño inmenso hacia sus amigos, ésos que lloran, como yo, esa muerte que siempre nos parecerá muy temprana. Y siempre me quedarán unos recuerdos deliciosos: Don Pío en el valle de Ronda, la vieja Accinipo, el “moro” que nos traía viandas a la casa, una noche de lasagna en un italiano (con nostalgia a Bolonia, su colegio español del alma).
Yo sé que ya está en los atrios celestes, disfrutando de otras sonrisas que le precedieron en este duro camino. Y por todos ellos me alegro, aunque aquí, abajo, hayamos sentido tanto su muerte. Muchísimo. Dios lo acogerá en su seno, de eso sí que estoy seguro.





