
Comparto con mi admirado Juan Manuel de Prada muchos de sus planteamientos, pero hay uno que me mueve a escribir estas líneas, y es el cómo la tecnología, a medida que se introduce en nuestra existencia para facilitárnosla, nos cobra un peaje, a veces indoloro, vaciándola de esa sustancia que alimenta nuestra alma, como si a medida que aumentara lo automático, ésta acortara su vida.
Hay un caso donde lo que acabo de exponer en el párrafo anterior se aprecia de forma clara, y es en el abandono del uso de la carta escrita y enviada en un sobre a un amigo, a un amor que reside lejos, o que en cualquier caso nos movía a sentarnos, redactar y tomarnos la molestia de dirigirnos a un buzón de correos, previo pago del sello correspondiente que adquiríamos en un estanco.
En la literatura clásica es bien conocido el género epistolar, forma adjetival del nombre epístola, del griego, latinizado para carta, si bien es un término que parece asociarse a las cartas del Nuevo Testamento, sobre todo las de San Pablo. Seguramente, algunos de ustedes hayan disfrutado leyendo “Cartas marruecas” de José Cadalso (basada en “Cartas persas” de Montesquieu) , donde el autor gaditano hablaba por boca de un noble marroquí de visita en España, de la decadencia de nuestro país, al que comparaba con una casa grande -otrora magnífica y sólida- que se había ido desmoronando con el paso de los años.
Y es que durante siglos, ésta ha sido la forma de comunicarse con una persona querida de un modo íntimo y trascendente (“lo escrito, escrito queda”), de forma que permanecía oculto al resto de los mortales, donde desnudábamos nuestra alma en la confianza de que lo allí expuesto sólo sería visto y leído por la persona a quien iba dirigida. De hecho, era normal que tras una ruptura, se solicitara la devolución de la correspondencia escrita.
Aún recuerdo la emoción con que esperaba al cartero para recibir aquellas misivas de un primer amor que vivía lejos de Sevilla, cuando hablar con otra provincia por conferencia requería la espera de un tiempo indeterminado, y cómo su lectura se enriquecía con el tacto del papel que había pasado por las manos de su emisora y que hasta venía perfumada por el aroma de una esencia personal.
Fui testigo de la fruición con que muchos compañeros de camareta en el servicio militar, recibían las cartas de sus novias, y también de su familia, en una España donde en ocasiones se recurría a un conocido para hacerle llegar a un hijo el cariño de unos padres analfabetos, que añoraban la presencia de quien más querían.
Ya en el comienzo de la vida laboral, esa etapa en la que el primer trabajo es buscar trabajo, la visita al buzón era una rutina diaria, para ver si al menos se dignaban contestar al envío de aquel currículum que con tanto esmero había redactado en la Olivetti, lleno de ilusión por empezar a ser útil a la sociedad y emprender el vuelo desde el nido familiar.
Sobrecoge releer una carta escrita años atrás y descubrir entre sus líneas cómo quien nos la escribió desnudaba ante nuestros ojos su intimidad y esparcía entre las letras su cariño de un modo único, y como ese espíritu ha vencido al tiempo, como si el clima que impregnaba el coloquio allí redactado, permaneciera vivo a pesar de los años transcurridos.
Las cuartillas de una carta recogen algo que los historiadores difícilmente podrán plasmar en sus libros: esa intrahistoria que escapa a las fechas, reyes y batallas que tuvimos que aprender en nuestra época de estudiante. De hecho, el hallazgo de una correspondencia no descubierta hasta un momento dado, puede cambiar la interpretación de unos hechos que dábamos por conocidos a fuer de ser repetidos.
En esto llegó la tecnología y abandonamos las cartas, las postales y los christmas, esas tarjetas de Navidad que servían para saber que, a pesar de no vernos en todo un año, no habíamos olvidado a nuestros amigos. La inmediatez nos cautivó, y nunca hemos estado tan interconectados como ahora, pero ¿qué nos comunicamos?
El coloquio de intimidades (¡todo está en la nube!) que se entablaba en el papel ha desaparecido, tornando imposible la creación de un ambiente que favorezca la correspondencia con un amigo querido, con una mujer amada o con un maestro admirado. Al dejar de escribir cartas, es como si hubiéramos renunciado a una parte de nuestra humanidad.
Al menos, podremos transmitirle a las futuras generaciones que hubo un tiempo en que confiábamos instantes de nuestras vidas a un papel que aún se conserva, que nuestros latidos se percibían entre las líneas escritas, donde iba nuestro corazón… sellado con un beso.
“Sellado con un beso” de Bobby Vinton
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Realmente reflexionar sobre esta cuestión es como navegar en el tiempo. Recordar como dices mi juventud, cuando estaba en ejército y enviaba y recibía cartas del primer amor. Durante unos meses tuve el destino en estafeta y repartía las cartas a los soldados. Sobra decir la alegría qu etenían cuando me veían con un sobre en la mano para ellos. También las primeras experiencias laborales, antes de la invasión informática que todo lo llenaba, cuando había que escribir cartas a máquina con dos o tres copias en papel cebolla, qué tiempos¡¡¡¡¡ Es lógico sentir añoranza. La emoción de enviar o recibir un sobre cerrado, escrito a mano, enviado o recibido de una persona querida, no se puede comparar con un «whatsapp» o un correo electrónico. Por ejemplo, con este mismo medio que estamos usando, estamos transmitiendo sentimientos, reflexiones, conocimientos, etc. No dejan de ser cosas personales, aunque no íntimas. Siempre digo que la tecnología no tiene alma, pero se la podemos dar nosotros usándola adecuadamente.
Hoy en día, siempre que quiero regalar con especial cariño a una persona querida, incluyo una carta manuscrita. Es un símbolo de querer dar lo mejor de mí. Sellado con amor